¿Improvisar o ceñirse a la programación?

Desde que me dedico a la enseñanza mantengo conmigo mismo un sano debate. En esta discusión, se enfrentan dos posturas aparentemente opuestas. A un lado, la improvisación. Al otro, la rigidez de la programación. Cada vez que se enfrentan me surge la siguiente pregunta: ¿qué es preferible llevarlo todo “rígidamente” programado o, por el contrario, dejarse llevar por la “libre” improvisación?

Cuando empecé a dar clases, la idea de dar rienda suelta a la improvisación me aterraba. Todo tenía que llevarlo pensado y calculado: apuntaba en mi cuaderno de programación de clases los minutos que podía llevarme cada actividad, me anotaba preguntas que podía hacerles sobre un tema, trataba de programar una semana entera, etc.

Con el tiempo, me fui relajando. El miedo espantoso a quedarme sin material para el final de una clase empezó a desaparecer. Y, ante todo, fue emergiendo mi yo más personal, ese yo improvisador al que le encanta dejarse llevar y no tener las cosas demasiado programadas.

En estos momentos, digamos que estoy buscando el perfecto equilibrio entre dos posturas que, con el tiempo, he descubierto que no son tan opuestas. La programación es imprescindible. Un curso tiene que tener unos objetivos claramente definidos y un cronograma en el que se programe -en mi opinión, sin excesiva rigidez- el tiempo que va a llevar cubrir los diferentes contenidos del curso. Y, paralelamente, una clase, un curso tienen que ser lo suficientemente abiertos como para permitir cambios sobre la marcha, alargar o acortar el tiempo dedicado a unos contenidos, cambiar por completo la programación de un día simplemente porque los estudiantes no tienen el día para eso y prefieren hablar…

A medio camino entre la rigidez y la improvisación hay un espacio en el que yo estoy muy a gusto. Y después de darle muchas vueltas, cada día estoy más convencido de que no hay respuestas universales, de esas que valgan para todo el mundo, al menos en lo que respecta al tema de este post. El profesor tiene que hacer aquello con lo que se encuentre cómodo. Tampoco se entienda esta frase como una negación a la innovación y al cambio. Todo lo contrario. Pero todo nuevo enfoque, metodología, herramienta didáctica… el profesor tiene que ir haciéndolo suyo, acomodándolo a su forma de ser. De lo contrario, siempre sonará artificial, como si el docente no se creyera lo que está haciendo.

Así que qué es mejor: ¿improvisar o programar? Depende de cada uno: un poquito de lo uno y un poquito de lo otro, en mayor o menor grado.

Fuente de las fotografías:

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9 Respuestas a ¿Improvisar o ceñirse a la programación?

  1. maru dijo:

    Me ha hecho gracia tu post porque justamente me ha pasado lo mismo estas Navidades, pero desde el lado opuesto: Yo soy muy de improvisar porque me gusta adaptarme a lo que tengo y planearme y organizarme las actividades con antelación es mi talón de Aquiles. A mi me gustaría ser mucho más organizada,organizarme bien la programación, llevarlo todo bien pautado, pero se ve que yo nací para vivir el presente y me cuesta mucho hacerlo. Lo intento siempre y suelo ceñirme a un guión que siempre acaba siendo un borrador porque acabo moviéndolo todo. Cumplo con los objetivos que me marco, pero claro, teniendo en cuenta que son muy abiertos, tampoco es tan difícil. Tú y yo somos la cara y la cruz d la misma moneda y también busco el equilibrio, acercarme cada vez más al orden, a la planificación pero no tener a veces la sensación de que no aprovecho bien el tiempo.
    Un saludo y un abrazo,
    MARU 

  2. Jaume dijo:

    ¿Y no será que con el tiempo vamos adquiriendo una experiencia -léase tablas, conductas y/o conejos en la chistera- que nos permite saltarnos lo programado o rectificar en el momento que consideramos oportuno? ¿Qué de nuevo en la práctica docente personal hay en la improvisación?
    Estas preguntas me vienen a la cabeza porque en el momento en que yo pienso en mis “desviaciones” de la unidad didáctica (que no de la planificación de curso, desviación de la cual veo algo diferente) me da la sensación de que estas “desviaciones” no son más que recursos experienciales que me han “funcionado” (otro vocablo digno de investigación en la terminología ELE) y que creo convenientes ante un problema que se ha planteado en la consecución de lo que yo considero una “buena clase”.

    Un abrazo
    Jaume

  3. Chicos, me voy un fin de semana por ahí y me encuentro dos comentarios en el blog 🙂 ¡Qué gustazo!
    @Maru Yo cada día soy más de improvisar. Y creo que es por lo que comenta @Jaume: esas tablas que se van ganando día a día, ese saber lo que “funciona” en el aula (como tú dices, Jaume, habría que investigar didácticamente este vocablo).
    Jaume, ¿en qué sentido distingues entre la desviación de la unidad didáctica y la planificación del curso? Creo que capto por dónde vas, pero no estoy seguro.

  4. Jaume dijo:

    ¡Hola Guillermo! El gustazo es nuestro, de todos aquellos que te leemos. Vale la pena porque lanzas ideas que, desde mi punto de vista, deberíamos revisar en un acto de catársis colectiva. valga como ejemplo el uso del verbo funcionar por parte del profesorado de ELE. ¡Te invito a que postees tus reflexiones acerca de ello! 😉 (y, por supuesto, invito a todo lector a que se exprese)
    En cuanto a la diferencia entre desviación de la unidad didáctica y “desviación” de la planificación de curso, la diferencia estriba en que si tú modificas algún aspecto de la unidad didáctica (planificación de la/s sesión/es) lo haces con el objetivo de resarcirte ante una situación concreta y real de problema en el aula. La dinámica de trabajo, la temporización, la agrupación previamente pensada por el doente, etc.,  no es buena, por lo que se lleva a cabo una decisión improvisada en los términos que argumentaba en el anterior comentario.
    En cambio, una improvisación en la planificación de curso suele acarrear problemas de otra índole, además de venir provocada por agravantes mucho más peligrosos y de más calado. En este caso sí podríamos interpretar el acto como improvisación o, al menos, como operación de “vamos a ver qué pasa” el hecho de llevar a clase una unidad didáctica nueva para nosotros. Porque tocar los contenidos programados para el curso… complicado; ahora bien, elegir otro material para llevar al aula los contenidos, desafortunadamente, léxicos y gramaticales por norma general (esa ‘verbitis’, que diría Neus Sans), que -¿no?- habíamos programado… (¡maldito currículo oculto!). Y tras todo ello, vuelvo a repetirme la pregunta: ¿estaremos realmente improvisando?
     
    Ahí lo dejo.
     
     

  5. Jaume dijo:

    Viene como anillo al dedo la entrevista que publica marcoele “recién sacada del horno” el señor Kumaravadividelu. Léase la página 5.
     

  6. Jaume, gracias por el enlace a la entrevista. Ahorita mismo me la voy a leer. Imaginaba que la distinción que hacías entre programaciones iba en ese sentido. Suscribo plenamente lo que dices. Y te dejo un enlace al blog de María Lasprilla: http://mariaenaccion.com/?p=744 A raíz de este post, ella ha reflexionado también sobre la programación en la clase de E/LE y su post es muy interesante.

  7. Hola, hola:

    Leo con mucho gusto y este es mayor cuando se arma conversación, debate, intercambio 🙂 Lo de “funciona” lo deberíamos ir pensando seriamente… A ver si la nieve me ayuda a refrescar las neuronas y logro definir con claridad lo que para mí, como profesora, significa esa palabra misteriosa 🙂

    Saludos 

  8. Habrá que dedicarle un post a ese misterioso “funciona”. ¿Te animas a hacer algo a dos voces, María?

  9. Me encanta la idea 🙂 ¿Cómo lo hacemos?

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