Variación II sobre búsqueda del príncipe azul

Ella la buscaba.

Sus principios morales, heredados y caducos, desde siempre le pusieron trabas. Sin embargo, desde muy joven decidió ser una mujer moderna y superar sus límites. Nunca detuvo su búsqueda.

De lo que en ningún momento logró evadirse, por contra, fue de los roles de la belleza que la sociedad le imponía. Desde muy pequeña jugaba con Barbies, pero no como el resto de las niñas. A ella no le interesaba la muñeca como maniquí al que vestir con los últimos modelos. No. A ella le interesaba la muñeca del mismo modo que a los niños de su edad: para desvestirla y ver qué había debajo de las faldas. Le maravillaban su pelo largo y rubio, sus ojos infinitos, su cinturita de avispa y sus pechos estrambóticos. ¡Aquella sí que era una mujer! Y no ella, una enclenque y escuchimizada.

Desde muy pequeña había deseado ser Ken. No por su aspecto ni por su figura, esbelta y masculina. Había deseado ser Ken porque era el objeto de deseo de Barbie. Y ella anhelaba ser deseada. Ser deseada por Barbie. La muñeca de la cinturita de avispa y los pechos exuberantes. Barbie.

Con el tiempo, comenzó a vestirse como Ken, a actuar como Ken. Aprendió a disfrazarse y, hasta tal punto se metió en el papel, que casi olvidó quién era. Sin embargo, por muchas caretas que usó, fue incapaz de seducir a sus barbies. Era transparente para aquellas muchachitas de pelo rubio, ojos azules y manicura diaria.

Lloró, gritó y suspiró. Estuvo enfadada durante un tiempo. Se autolesionó. Se acercó a la locura, pero a última hora una idea la rescató: decidió ser una de esas barbies que tanto le atraían.

Se tiñó el pelo y se lo dejó crecer, hasta que la melena sobrepasó su cintura. Se maquilló y se pintó las uñas. Se compró faldas ajustadas, vestidos escotados y sujetadores con relleno. Llenó su casa de zapatos con tacones imposibles. Se apuntó a un gimnasio.

Pero para ser una barbie como otra cualquiera, todavía le quedaba un último paso: seducir a Ken. Así que esa noche salió de caza. Recorrió los bares hasta encontrar a la presa perfecta, atractiva y despistada. La acorraló y media hora después estaban revolcándose en su cama.

A la mañana siguiente, borrado el maquillaje, descubrió que a su lado yacía un hombre, dormido y sudoroso. Ya no era Ken sino un hombre, a secas. Dormido y sudoroso.

Y ella no era Barbie, sino una chica, enclenque y escuchimizada, un poco más triste que ayer, sin ningún Ken o ninguna Barbie que la abrazaran, cansada de buscar una mirada de deseo, una sonrisa lasciva, una pizca de calor descafeinado.

Pese a todo, con su cansancio a cuestas, siguió buscándola.

Fuente de la fotografía: Barbie Doll Museum at Bloomingdale’s de Aloha orangeneko

P.D: Esta es mi entrada número 200. ¿Quién lo hubiera dicho hace algo más de dos años que llegaría a escribir un número de entrada tan redonda? 🙂

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Acerca de Guillermo Gómez Muñoz

Soy profesor de ELE en la Universidad de Deusto y escritor a tiempo incompleto.
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