Tras la primera línea, viene un cuento: Horizonte vacío

Lamentó su suerte en una ciudad desierta. Todos se habían ido. Había llegado tarde. Siempre tarde, nunca a tiempo, le solía decir su madre. Siempre tarde. Siempre tarde. Como una letanía, en su cabeza. Siempre tarde. Malditos relojes, malditas horas. En una ciudad desierta. Solo aceras y farolas. Sucias y apagadas. Llenas de hojas. Otoño, decrépita estación. Caída hacia los infiernos. Lluvia, menos luz, días que se acortan.

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Estaba solo. Tremendamente solo. Paradójicamente solo.

Lamentó su suerte. Miró a su alrededor. Estaba solo. Tremendamente solo. Paradójicamente solo. Gritó y el eco de su voz le devolvió una caricia de uñas afiladas y tacto helado. Estaba solo. Como lo estuvo ayer y anteayer y la semana pasada. Como lo estuvo siempre. Solo. Por llegar tarde, diría su madre. Porque vivía en su mundo. Un mundo de sueños y fantasías. Un mundo débil, absurdo, irreal. Su mundo. ¿Pero qué mundo era ahora? Un mundo desierto, vacío, lamentable.

¿Adónde habrían ido? Oteó el horizonte. Ridículo. No había horizonte. En una ciudad nunca hay horizonte. Incluso cuando está desierta. Nunca hay horizonte. Solo casas. Vacías. Tiendas. Vacías. Asfalto hasta el infinito. Farolas apagadas.

Y comenzó a andar. Siempre andaba cuando no sabía qué hacer. Siempre andaba. Sin rumbo fijo. Sin destino. Solo andaba. Hacia el horizonte escondido detrás de las casas. Lejos de las ciudades. Junto a una luna que sonríe para ocultar sus dientes afilados. Siempre andaba. Desorientado.

Se dio cuenta de que estaba cansado. Llevaba días caminando, a buen ritmo. Siempre tarde. Siempre tarde. Retumbaba, a cada paso, en su cabeza. Siempre tarde. Así no sobreviviría. Y menos en un mundo cada segundo más temible, más carnívoro. Pero no tenía tiempo para descansar. Si no, nunca los alcanzaría. A ellos. Que lo habrían esperado. Que habrían arriesgado sus vidas por él. Que estarían vivos. Juntos. Huyendo. Como él. O al menos eso imaginaba mientras caminaba. Siempre tarde. Sin rumbo ni destino.

Tenía miedo. ¿Quién no? Cuando una amenaza desconocida se abalanza sobre el mundo es normal tener miedo. Es una respuesta instintiva. El miedo. El pavor. El terror. Es inevitable. Lo importante era no dejarse dominar, o al menos eso decían en las películas. Cuando había televisión. Y actores de Hollywood. Cuando el mundo aún estaba en pie. ¿Quedaría algo de aquel mundo todavía, en algún lugar?

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Siempre andaba. Sin rumbo fijo. Sin destino. Solo andaba. Hacia el horizonte escondido detrás de las casas.

Observó por última vez el punto de reunión. Estaba solo. La ciudad desierta. Siempre tarde, oía decir a su madre. Siempre tarde. Lamentó su suerte por última vez aquel día y echó a andar. No veía el horizonte, pero se lo imaginaba rasgado por una multitud, su grupo de supervivientes, sus amigos. Los únicos que le quedaban. Y a su espalda, la oscuridad. Amenazadora. Desconocida. Cada segundo más cerca. A su espalda, corriendo por las aceras, cruzando la esquina. Desconocida. Aterradora.

El miedo nunca lo paralizaba pero esta vez le faltaba el aire. Estaba cansado. Quería echar a andar. Huir. Seguir a sus compañeros. ¿Todavía estaría su madre con ellos? Qué tabarra les estaría dando. Siempre tarde. Este hijo mío, siempre tarde. No podemos esperarle, le habrían dicho. Y habrían partido, del punto de reunión. Su madre seguramente habría llorado, pero tampoco sabía si estaba vivo. No podían esperar. Siempre tarde.

Como ahora. El próximo punto de reunión estaba a una docena de kilómetros. Si no salía inmediatamente, sería imposible llegar. Pero ya era de noche. Casi. Y estaba cansado. Agotadoramente cansado. Cansado de estar cansado. Solo quería respirar, coger aire, descansar. Aunque la oscuridad lo envolviera todo. Por un segundo, por un minuto. Para siempre. Aunque no fuera capaz de otear de nuevo el horizonte. Ni ahora ni nunca. Un horizonte quizás rasgado por una multitud que lo cruzaba. O un horizonte vacío, solitario, desierto. Nunca lo sabría. Llegaría tarde, como siempre. Siempre tarde. Incluso al horizonte.

Fuente de las fotografías:

Lonely man

México DF

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Acerca de Guillermo Gómez Muñoz

Soy profesor de ELE en la Universidad de Deusto y escritor a tiempo incompleto.
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Una respuesta a Tras la primera línea, viene un cuento: Horizonte vacío

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