Morituri te salutant (II)

A @educoaching porque con su tweet

me sentí retado a perturbar su calma.

Era de noche. Como cada día cuando iba a trabajar. No le gustaba trabajar por la noche, mientras todos dormían. En realidad, lo odiaba, aunque lo había elegido él. Pagaban bien y era un trabajo tranquilo. Le permitía vivir mejor que la mayoría de sus amigos. Y eso le chiflaba. De todos modos, hacía tiempo que estaba cansado. Quería cambiar. Encontrar un trabajo distinto, por el día, de 9 de la mañana a 6 de la tarde. Como todo el mundo. Con café a las 12 y dos horas para comer. Pero, a decir verdad, no había buscado nada. Todos los días se quejaba de su mala suerte, pero no hacía nada por remediarla.

Era de noche, cuando salió del portal. Como todos los días laborables. Y la calle estaba desierta. Vacía, silenciosa e iluminada por la luz ambarina de las farolas. Una iluminación sombría y mortecina. Un par de bombillas, en su último estertor, coloreaban su calle con tonos umbríos y solitarios. Caminó hasta su coche. Estaba al final de la calle, esquina con Tívoli. Las obras del metro impedían aparcar frente a su portal, así que cada tarde tenía que vérselas y deseárselas para encontrar una plaza de aparcamiento. No se oía un ruido, solo sus pasos y su respiración agitada. Siempre agitada, a esas horas, cuando salía a buscar su coche para ir al currelo, siempre nerviosa, la calle vacía y solitaria y su cuerpo alerta, atento a cada eco. Sintiendo siempre presencias que no eran más que falsas alarmas: un gato que cruzaba la calle, un perro callejero que ladraba, un borracho que gritaba a lo lejos o su imaginación truculenta y morbosa. O, incluso, su propia sombra.

Cuando llegó al coche y metió la llave en la cerradura, sonrió. Se sentía seguro. Era su coche. Un lugar con puertas y ventanas, con cerraduras. Su refugio, cuando estaba fuera de casa. Su alivio. Su calma… Pero hoy seguía nervioso. Continuaba notando una presencia, como tantos otros días. Pero la sensación no se había disipado al llegar a su automóvil, como tantos otros días. Miró a su alrededor. Calle arriba: nadie. Calle abajo: nadie. Estaba solo, como cada día laborable cuando salía de casa para ir a trabajar.

Se sentó en el coche y cerró la puerta con decisión. Estaba nervioso. Cuando arrancó el coche, el malestar todavía no había desaparecido. Era extraño, para entonces siempre se sentía protegido. Pero hoy no. Pisó el embrague y metió marcha atrás. Su coche, su refugio, su alivio. Su calma… ¿Qué pasaba hoy? Sin duda, se había levantado con el pie izquierdo. Quitó el freno de mano. Su coche, su refugio. Su calma… Siempre había sido un cagado. Desde el colegio, cuando sus compañeros le llamaban cobardica. Y lo seguía siendo. Un cobardica sin remedio. Levantó la vista y posó sus ojos en el retrovisor. Se asustó. Le había parecido ver una sombra en el coche aparcado justo tras el suyo. Un viejo 4×4, lleno de barro. Su coche. Su calma… Se le erizó el vello de los brazos. Le temblaban las manos, pero consiguió dominarse. ¡Estás idiota hoy! Empezó a levantar el pie del embrague y levantó de nuevo la vista para mirar por el retrovisor. Miraba por el retrovisor cuando las luces del jeep se encendieron casi cegándolo. Y oyó el ruido de un motor que arrancaba. Y un escalofrío recorrió su espalda.

Su calma…

Fuente de la fotografía: fotografía de fontplaydotcom

Acerca de Guillermo Gómez Muñoz

Soy profesor de ELE en la Universidad de Deusto y escritor a tiempo incompleto.
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