Byung-Chul Han: La expulsión de lo distinto (I)

Recientemente me tiene, entre fascinado y obsesionado, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Leí primero su ensayo La crisis de la narración, al que dedicaré seguro alguna entrada en un futuro, cuando vuelva a revisarlo con calma. Tras este me topé con el libro que hoy protagoniza estas líneas: La expulsión de lo distinto.

Lo he leído con calma, un ritmo de lectura que estoy redescubriendo. Prometo una reflexión sobre este tema otro día. He subrayado medio libro y, después de dejarlo reposar durante un par de semanas, ahora estoy volviendo sobre lo subrayado, y sobre las páginas dobladas en las que se escondían las reflexiones que más me han interpelado. Las estoy volviendo a leer, para descubrir que días después me siguen interpelando y, entonces, las estoy apuntando en mi cuaderno de citas y reflexiones, para tenerlas a mano.

Como decía, he subrayado medio libro, por lo que, siendo previsor, he numerado esta entrada como la primera de una serie dedicada a recoger citas de este ensayo sobre la visión que la sociedad actual tiene del otro.

Ya desde la primera línea, Han deja clara cuál es, según él, la cosmovisión moderna sobre la otredad. Además, con un estilo poético que engancha al lector desde el inicio:

«Los tiempos en los que existía el otro se han ido. El otro como misterio, el otro como seducción, el otro como eros, el otro como deseo, el otro como infierno, el otro como dolor va desapareciendo.»

Este primer capítulo introduce la idea central del libro: la expulsión de lo distinto de nuestras vidas, de nuestras sociedades. Y su consecuencia: el terror a lo igual. Esta expulsión de lo distinto acarrea una de las epidemias modernas: la depresión.

«El signo patológico de los tiempos actuales no es la represión, es la depresión. La presión destructiva no viene del otro, proviene del interior.»

Uno de los aspectos modernos hacia los que apunta Han como característicos del momento es la hipercomunicación, presente tanto en el acceso masivo a la información en internet, la actualización constante en la prensa o la hiperconexión vía redes sociales.

«(…) la comunicación ya no es comunicativa, sino meramente acumulativa.»

«La interconexión digital total y la comunicación total no facilitan el encuentro con otros. Más bien sirven para encontrar personas iguales y que piensan igual (…). Nos enredan en un inacabable bucle del yo (…).»

Este mundo hiperconectado, pero de un modo onanista, tiene consecuencias sobre la percepción de la verdad, un tema recurrente en el debate político en el que constantemente se habla del relato, la posverdad o las fake news.

«(…) el ruido de la comunicación, la tormenta digital de datos e informaciones, nos hace sordos para el callado retumbar de la verdad y para su silente poder violento

Y si tenemos problemas para acceder a la verdad, para reconocerla entre tanto ruido, en parte se debe a una mala comprensión de los ritmos de acceso al conocimiento:

«El saber en un sentido enfático (…) es un proceso lento y largo. (…) Madura.»

Como el buen vino, el saber necesita madurar en barrica, asentarse, reposar. Dejar que el cerebro se empape para ser capaz de absorberlo y construir significados nuevos a partir de lo aprendido. Aunque el ensayo de Byung-Chul Han no trata sobre la educación, estas reflexiones sobre la necesaria pausa del proceso de aprendizaje no hacen más que interpelarme como docente. Mi sensación es que, en los últimos tiempos, se ha trasladado a los docentes —y estos a su alumnado— la idea de que el proceso educativo debe ser casi un juego, no debe ser costoso. Estas consignas siempre me traen a la cabeza aquella vieja frase del «saber no ocupa lugar». Mi réplica siempre ha sido: vaya que si ocupa lugar. Empieza llenando mochilas —bien pesadas— de libros, y de ahí ocupa mesas de estudio con apuntes, horas del día dedicadas al estudio y a la práctica, paredes de casa para colgar estanterías que alojarán libros… El saber ocupa un lugar extenso y requiere tiempo y esfuerzo y dedicación. Y no se adquiere con vídeos de 30 segundos. Necesita reposo y maduración.

Pero para no irme por las ramas, cerraré esta entrada con otra de las reflexiones del surcoreano en este primer capítulo. ¿Por qué hemos desterrado lo distinto, al otro? Porque la experiencia de la otredad implica conflicto, conlleva dolor. Y uno de los rasgos característicos de la sociedad contemporánea, con sus bombardeos de información y su epidemia de depresión, es la necesidad de anestesiarnos, de huir de lo negativo. En palabras de Han:

«Lo que constituye la experiencia en un sentido enfático es la negatividad de lo distinto y de la transformación. (…) Su esencia es el dolor. Pero lo igual no duele.»

Frente al dolor, lo igual. Lo otro, lo diferente, lo distinto, mejor lejos.

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About Guillermo Gómez Muñoz

Soy profesor de Lengua Castellana y Literatura y de Latín en Deustuko Ikastola.
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