“La ola” Vs. “Mentiras y gordas”

Este fin de semana he visto dos películas que han sido como la noche y el día. Una de ellas, al llegar el final, me ha dejado muy impresionado, mientras que, al terminar la otra, me entraban ganas de pedirle a la encargada del videoclub que me devolviera el dinero. Para quienes todavía no saben cuál de las dos películas que aparecen en el título de esta entrada es la que me ha gustado y cuál la que me ha defraudado, a continuación lo aclaro: vale la pena pagar por alquilar el DVD de La ola, pero gastaros el dinero en lo que más os apetezca antes que en el alquiler de Mentiras y gordas. Lo mejor de todo ha sido descubrir que una de las guionistas de esta última es nuestra ministras de cultura, lo que me lleva a preguntarme en manos de quién está puesto el Ministerio de Cultura de este país.

Probablemente el principal problema haya sido ver las dos películas el mismo fin de semana. De lo contrario, es posible que no fuera tan crítico con Mentiras y gordas, pero es que realmente la diferencia ha sido excesiva. Y creo que merece la pena reseñarlas juntas porque ambas tienen como protagonistas a jóvenes, aunque la juventud sólo sea el tema principal de la segunda.

En pocas palabras, La ola cuenta el experimento de un profesor de instituto con sus alumnos para demostrarles que hoy en día puede volver a instaurarse una dictadura en Alemania. El experimento se le escapa de las manos y hasta aquí puedo contar. En el caso de Mentiras y gordas el resumen es incluso más escueto: ralla de coca por aquí, pastilla por allá, música chunta-chunta y unos cuantos polvos. Vale, quizás esté exagerando un poco, pero cuando llega el final la sensación es “¿y eso es todo?”. Porque para lo que cuenta, se podrían haber ahorrado la película. Y no porque no tenga líneas argumentales interesantes, como la definición de la identidad sexual de algunos de los protagonistas o la falta de expectativas de la juventud o el mundo de las drogas. Pero tal y como se desarrollan estos argumentos -de forma tópica y esperable-, la película resulta una gran decepción. Quizás se pueda argumentar en mi contra que el objetivo de la película es que el espectador se quede con esa sensación de vacío o indiferencia -para de esta forma reflejar lo que pueden sentir algunos de los personajes-, pero en mi opinión se podría haber hecho con un poco más de arte y gracia. En resumen, la película se queda en una muy floja revisión de Historias del Kronen, pero teniendo a la siguiente generación como protagonista.

Por el contrario, La ola plantea un argumento interesante y lo desarrolla con brillantez. El experimento que intenta llevar a cabo el profesor protagonista capta la atención del espectador desde el primer momento y la forma en que progresivamente va introduciendo nuevos elementos en su clase para crear un contexto autárquico resulta apasionante, al mismo tiempo que trágico, puesto que el espectador puede poco a poco imaginarse que el final no va a ser feliz. Sin embargo, a diferencia de en Mentiras y gordas, en La ola la expectativa por conocer qué ocurrirá no para de crecer, paralelamente a la inquietud interior que hace que el espectador se cuestione a sí mismo sobre los aspectos que se van planteando. ¿Qué tiene de buena y qué tiene de mala la nueva forma de llevar la clase por parte del profesor? Porque lo mejor del experimento es que, pese al desarrollo que toman los acontecimientos, algunos de los cambios introducidos por el profesor, sin lugar a dudas, tienen efectos muy positivos.

En otras palabras, cine que hace preguntas, aunque no encuentre todas las respuestas. Cine que también habla de esa juventud perdida en medio de la vida, sin saber hacia donde avanzar, que encuentra otra salida fácil, en este caso, un líder. En definitiva, el mismo fondo que el de Mentiras y gordas. Pero si hay algo que convierta al arte en arte es la forma. Y en ese punto, las dos películas son, sin ánimo de ofender, incomparables.

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Acerca de Guillermo Gómez Muñoz

Soy profesor de ELE en la Universidad de Deusto y escritor a tiempo incompleto.
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