El imperio de Ryszard Kapuścińsky

Los libros de Ryszard Kapuścińsky son siempre un descubrimiento deslumbrante. Tienen algo (no sabría definir qué) que consigue mantenerme en vilo, desde el inicio hasta el final, como si fueran novelas. Especialmente, destacaría El sha o la desmesura del poder, un reportaje polifónico, una exposición de fotogramas (con palabras), que consigue retratar y explicar a la perfección la caída del sha de Persia. Si, además, la lectura de este libro se complementa con los cómics de Marjane Satrapi, titulados Persépolis, la visión de conjunto sobre el tema es excepcional.

Ahora mismo tengo entre mis manos El imperio, en el que el periodista trata de ofrecer su particular visión sobre la URSS. Lo más interesante: nuevamente, su forma de escribir, como si sus libros fueran un reportaje plagado de fotografías y entrevistas a diferentes actores. A eso se suma el que la visión que ofrece se centra siempre en la intrahistoria y a partir de ella ayuda a comprender la Historia con mayúsculas. Pero a lo que iba. Leyendo este libro me he encontrado con este fragmento delicioso que, a continuación, recojo:

Las flores nunca huelen para ellas mismas, sino siempre para alguien. Al sentir el tacto, la flor reacciona despidiendo fragancia; es ingenua y coqueta: quiere gustar a todos.

Por situar la cita, Kapuścińsky llega a Azerbaiyán y se encuentra con Gulnara Guséinova, una mujer que ofrece una extraña cura, recetada por el profesor Gasánov, para distintas dolencias: aspirar el aroma que desprenden las flores. Cuando Kapuścińsky le pregunta a Gulnara, estudiante de medicina, si realmente cree en la efectividad de su método curativo, ella le da esta contestación (otro fragmento delicioso que no puedo resistirme a ofreceros):

Le pregunto a Gulnara, que es estudiante de medicina, si cree que una flor puede curar a una persona. Y curarla no desde el punto de vista psíquico, pues tal posibilidad sí está demostrada, sino curarla físicamente, como por ejemplo conferir elasticidad a una célula en proceso de descalcificación. Gulnara se limita a sonreír. Solo dice que vienen a verla para tratarse gente de todo el mundo. Y subraya: incluso de América. El método del profesor Gasánov, que, precisamente, consiste en aspirar aromas de flores, ya se ha hecho famoso.

Creo que a Gulnara le cautiva, igual que a mí, el cariz estético de este método, como también su amenidad y bondadosa sabiduría. A fin de cuentas, ¿qué ha de hacer el profesor con un anciano que lleva más de siete décadas a cuestas y que no se acuerda ni de cuándo nació? Claro que podría meterlo en una habitación de hospital atestada de enfermos, en la fetidez del cloroformo y del yodo. Pero ¿para qué? ¿No es más hermoso un ocaso que huele a flores que uno que hiede a cloroformo? De modo que cuando viene a verlo alguien que debe consultar el carnet de identidad para poder facilitarle su fecha de nacimiento y se queja de que algo le enturbia la cabeza, el profesor, tras escucharlo con mucha atención, le prescribe en una hoja: “Rp.: Hojas de laurel. Diez minutos al día. Durante tres semanas.” Y ya ven ustedes, dice Gulnara, multitudes de gente acuden al profesor. Hay que esperar para una visita.

Fuente de la fotografía: Ryszard Kapuścińsky

Origen de la cita: Ryszard Kapuścińsky (1993): El imperio, Barcelona, Anagrama, pp. 63-64.

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Acerca de Guillermo Gómez Muñoz

Soy profesor de ELE en la Universidad de Deusto y escritor a tiempo incompleto.
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