Morituri te salutant (VIII)

Diciembre había cubierto con una capa de lluvia intermitente las playas, los jardines y las calles. Aquel pueblo, exuberante de actividad en verano, vivía en los meses de invierno un periodo de letargo y soledad extrema. Solo quedaban los lugareños, bien resguardados en sus casas de la zona antigua, y un puñado de jubilados repartidos en diferentes chalets y urbanizaciones.

Andrea era una estas. Viuda, madre, abuela y jubilada, hacía ya tres años que decidió trasladarse de la capital a la costa para disfrutar todo el año del paseo y la playa. Sus nietos ya eran mayorcitos y no la necesitaban y sus hijos… sus hijos tenían sus vidas, siempre demasiado ajetreadas.

El paseo de la playa, esa mañana, estaba vacío. Se conoce que la fina cortina de lluvia había disuadido a los paseantes de hacer la ronda diaria. Pero ella no se la perdía por nada del mundo. Se armaba con su chubasquero y un paraguas, y tiramillas. Total, no tenía otra cosa que hacer en toda la mañana…

Su bloque de apartamentos, por esas fechas, estaba tan vacío como el paseo aquella mañana. Era un bloque enorme: quince pisos, cuatro puertas por planta, muchos vecinos. En verano. Porque ahora… hueco, desierto y solitario. Eso era lo malo, la soledad que se respiraba nada más cruzar el portal. Por eso también salía cada mañana a pasear, lloviera, tronara o cayeran chuzos de punta. No importaba, la cuestión era airearse y ver gente, aunque no viera más que a dos abueletes madrugadores.

Aquella mañana el portal estaba particularmente frío. La humedad corría a sus anchas por el hueco de la escalera y se acurrucaba en el ascensor. Esperó a que bajara, abrió la puerta y entró. El quejido oxidado con el que se cerraba siempre le ponía la piel de gallina. No podía evitarlo. Debería llamar al presidente de la comunidad para que lo engrasaran, pero le diría que esperara al verano. Total, para una persona. A quién le podía importar que a una jubilada le molestara el ruido de la puerta de un ascensor al cerrarse.

Apretó el botón de su piso. Nueve plantas, treinta segundos. Había cronometrado el trayecto. En invierno siempre se le hacía demasiado largo. No podía quitarse de la cabeza la idea de que estaba sola en todo el apartamento. Sola. Y aquel ascensor era un poco viejo y se quejaba mientras subía y no solía fallar, pero un fallo… un fallo lo tiene cualquiera y ¿ya funcionará este botón de llamada en caso de emergencia? Nunca lo había probado, tampoco tenía ganas de hacerlo, mejor llegar sin interrupciones por el camino, pero ¿funcionará? Porque hoy… parece que va más despacio. No puede pararse ahora. ¡Dios! Se ha parado. ¿Y ahora qué hago? ¡Socorro! ¿Para qué grito? Si no hay nadie. Estoy sola. Parece que hay línea, sí, el botón funciona, ¡hay línea! ¿Oiga? No sé si han contestado. ¿Oiga? Me he quedado atrapada entre el tercero y el cuarto. ¿Oiga? ¿Hay alguien ahí? ¿Oiga?

Diciembre había cubierto con una capa de lluvia intermitente las playas, los jardines y las calles, y sembrado los portales, las escaleras y los ascensores de vacío y soledad. Una soledad hueca que solía alargarse hasta finales de marzo.

Fuente de las fotografías:

Acerca de Guillermo Gómez Muñoz

Soy profesor de ELE en la Universidad de Deusto y escritor a tiempo incompleto.
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