Una entrevista como otra cualquiera

7983109355_2d5b99bfa5_m—Disculpe, ¿podría hacerle unas preguntas?

—Sí, por supuesto.

—¿Conocía a Vicente Prado, el…?

—¿El del quinto?

—Sí, el vecino del quinto, el que ha…

—Un cabrón.

La periodista sujeta con firmeza el micrófono y le hace un gesto apenas perceptible a su cámara para que enfoque y no pierda detalle del entrevistado. Por fin un testimonio que vale la pena, debe de pensar. Con hedor a humedad y a fosa séptica.

—Mire —continúa el entrevistado mientras señala un balcón, en el cuarto piso—, ¿las ve?
La cámara apunta hacia las alturas, tratando de hallar ese lugar al que alude el hombre para conseguir un plano preciso y exquisito del detalle.

—Disculpe, no sé a qué se refiere.

—Pues las plantas.

—Las plantas…

—Sí, ¿no las ve hechas un cuadro? Mi mujer les dedica horas. ¡Horas! Y ese desgraciado sacude toda su mierda sobre ellas, cuando no vierte lejía… ¡lejía! Es un guarro. Un cochino. ¿Y a que ni se imagina qué hace ese malnacido con la ropa que colgamos en el patio?

El hombre guarda un silencio muy teatral esperando la reacción de la periodista.

—No, ¿qué hace?

—Abre su ventana, se apoya en la repisa, se enciende un cigarrillo y usa los colgadores de los vecinos como ceniceros.

La periodista, con un sutil cabeceo, le pide a su compañero un primer plano de ese rostro sembrado de odio, resentimiento y asco. Van a reventar el programa de la tarde. Lo saben. Quizás incluso logren colar unos segundos en las noticias de las nueve. Y en internet, visualizaciones y megustas a porrillo.

—Y mientras se consume su pitillo, se entretiene jugando con la tierra de las macetas, como si estuviera salando nuestra ropa. Y para terminar…

El hombre ejecuta una pausa perfectamente medida para lograr el mayor dramatismo. La periodista se relame.

—…adora jugar a los dardos con sus cigarrillos encendidos. No se figura los agujeros que me encuentro por la noche en nuestras sábanas. Cuando me estiro, a veces se me escapa el dedo gordo de la cama. Y me enfrío. Y luego, a toser.

Nuevo silencio sobrecogedor. Como un entreacto inesperado. Hoy lo petamos, sin duda.

—Vamos, como le decía, un cerdo.

Ante una mirada fugaz de la periodista, la cámara vuelve a un plano general. El entrevistado en su contexto —la calle—, el rostro de la periodista en un lateral, el portal con la esquela al fondo.

—¿Conocía al matrimonio desde hace mucho tiempo?

—¿Al matrimonio? De toda la vida.

El micrófono tiembla de emoción. Se acerca el clímax, barrunta.

—¿Cómo diría que era su vida de pareja?

El hombre pestañea compulsivamente.

—¿Cómo dice?

Se aclara la garganta.

—¿Por qué me pregunta eso? Yo dentro de casas ajenas no entro.

La cámara permanece impertérrita sosteniendo un silencio incómodo.

—¿Les oía discutir? —insiste la periodista.

—¿A qué vienen estas preguntas? Le repito que yo no meto las narices en las vidas de otros.

—Ya, pero después de lo ocurrido…

—¿Lo ocurrido?

—Sí, ¿no se ha enterado?

El hombre se encoge de hombros.

—Su vecino supuestamente asesinó a su mujer ayer. ¿No oyeron nada?

Silencio. El plano se centra paulatinamente en su rostro. Mirada atónita, rostro desencajado, sorpresa.

—¿Qué me dice? A veces discutían… Como cualquier pareja.

Gesto apesadumbrado de la periodista. Primer plano.

—¿Cómo íbamos a pensar nosotros…? Si eran un matrimonio modélico. Siempre juntos, a todas partes. Parecían una pareja de lo más normal, ya sabe. De toda la vida del barrio. Aunque a veces gritaban. Como cualquier pareja. ¿Quién iba a pensar algo así?

—Gracias.

El hombre se refugia en la intimidad de su casa. Antes de desaparecer, se detiene a leer la esquela.

—Con este último plano —rumia entre dientes la periodista—, hoy sí que nos colamos en las noticias de las nueve.

Plano general. Un vecino de espaldas. Un barrio cualquiera. Otra entrevista más.

Fuente de la fotografía: Cámara

Acerca de Guillermo Gómez Muñoz

Soy profesor de ELE en la Universidad de Deusto y escritor a tiempo incompleto.
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