El diccionario como estrategia de autoaprendizaje

Hace ya tiempo compartía en este blog una presentación que preparé para el curso de Español Académico titulada “El diccionario como estrategia para el autoaprendizaje”. Algunos meses después me decido a volver sobre este tema pero, en esta ocasión, desde una perspectiva diferente: la del alumno. Me explico.

Llevo todo el año estudiando euskera, una asignatura pendiente desde que terminé Bachillerato y con ello mis clases de euskera. Durante la carrera me apunté a clases en segundo curso pero, por falta de tiempo entre otras cosas, acabé dejándolas. Este año, por fin, he vuelto a retomarlas. Tengo aproximadamente un nivel B1, destaco más en comprensión oral y escrita y en expresión escrita, pero desde siempre me ha costado bastante la expresión oral.

La experiencia de dar clases de ELE mientras yo mismo soy estudiante de otra lengua me parece de lo más enriquecedora. Me ayuda enormemente a reflexionar sobre mi actividad docente a partir de mi experiencia como alumno y a partir de la observación de la actuación en el aula de otro profesor. Por otro lado, como alumno soy muy exigente y tampoco me considero un alumno de idiomas fácil, puesto que en general me cuesta entrar en actividades de interacción oral debido a que soy bastante tímido y, mucho más, cuando no domino una lengua. Hasta que no noto que tengo un cierto nivel de expresión oral, como para no quedar en ridículo, me cuesta mucho expresarme y participar en las conversaciones -al menos en grupo grande- de la clase. Esto me ayuda mucho como profesor para darme cuenta de que exactamente lo mismo les ocurrirá a algunos de mis alumnos.

En cualquier caso, retornando al tema de la entrada, el diccionario se ha convertido en mi mejor amigo como estudiante de euskera. Sin lugar a dudas, es la mejor compra que he hecho como estudiante. Me compré, en la Azoka de Durango, una edición de bolsillo del diccionario Elhuyar -altamente recomendable-, pequeña, manejable y fácilmente transportable todos los días a clase. Desde entonces todos los días me acompaña a clase y se ha convertido en una herramienta de estudio imprescindible.

La situación es curiosa puesto que, como profesor, siempre me ha parecido curioso que mis alumnos trajeran diccionarios de bolsillo (o enormes diccionarios) a diario al aula. En cierto modo, me he dado cuenta de que incluso me molestaba: “Para qué lo traen si me tienen a mí para preguntarme lo que necesiten”. Ahora desde la perspectiva del alumno he sido consciente de su gran utilidad. Por un lado, como alumno tímido y al que no le gusta demostrar que no sabe algo, uso el diccionario para no andar preguntando al profesor constantemente palabras cada vez que me enfrento a alguna actividad (muchas de ellas de traducción castellano-euskera, hábito que sigue muy vigente en el ámbito del euskera como L2, por lo menos por lo que conozco desde mi experiencia como estudiante). Por otro lado, el diccionario me ayuda a resolver actividades cuyos contenidos conozco y, en consecuencia, sé completar, pero que, al no conocer algunas palabras, me veo incapacitado para hacer correctamente el ejercicio. También es cierto que a veces abuso de su uso, por ejemplo, en prácticas de expresión escrita en las que debería evitarlo para acostumbrarme a la situación de los exámenes oficiales. No obstante, en general, lo considero muy beneficioso.

Después de vivir esta experiencia como alumno, lógicamente, me ha cambiado mi percepción del uso del diccionario. Hasta ahora lo percibía como una estrategia de autoaprendizaje muy útil pero, sobre todo, para el espacio fuera del aula. Hoy por hoy, entiendo que la utilidad del diccionario se extiende también al aula y que puede ser de gran ayuda para cualquier alumno.

Y después de esta “breve” reflexión con la que inauguro junio -qué buen tiempo tenemos en Bilbao, ya era hora-, me despido hasta los próximos días. Estoy preparando una reseña de la película “Los hombres que no amaban a las mujeres” y una reflexión sobre el uso de los blogs en mis clases de teatro (a este último párrafo le falta el logotipo de “Publicidad” que suele aparecer en la televisión 🙂

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Acerca de Guillermo Gómez Muñoz

Soy profesor de ELE en la Universidad de Deusto y escritor a tiempo incompleto.
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