Morituri te salutant (XVIII): La alargada sombra de los tacones solitarios

Para Maru, porque le debía

un Morituri desde hace tiempo.

Dicen que apareció muerto en su despacho. Solo. Hombre, mediana edad, vida sedentaria y estrés laboral. El diagnóstico fue sencillo: ataque al corazón. Para qué investigar más.

Dicen que fue imposible encontrar a familiares, amigos o conocidos, más allá de sus compañeros del trabajo. Vivía solo, tal cual murió. Sus compañeros de trabajo no sabían nada de su vida privada, así que no se pudo avisar a nadie.

Dicen que apareció en la empresa una tarde lluviosa de septiembre. Dos años atrás. Buscaba trabajo. Había visto el anuncio para un puesto vacante de administrativo. Lo entrevistó el gerente y dos horas después ya ocupaba su mesa de trabajo. Parecía triste o tal vez preocupado. Las mujeres de la empresa enseguida comenzaron a murmurar. Qué guapo es el nuevo. Pero él no les hizo mucho caso, ni entonces, ni dos años más tarde, cuando ya ocupaba el puesto de Director de Innovación.

Dicen que la suerte lo acompañaba allá adonde iba. Era muy trabajador, el que más, pero también había un componente misterioso alrededor de todo lo que hacía. El jefe enseguida descubrió su valía y lo fue ascendiendo. Obviamente, granjeó enemistades, aunque nunca les hizo mucho caso.

Dicen que nadie sabía nada de su pasado. Era parco en palabras, aunque encantador. Huía de cualquier conversación mínimamente personal y trataba de evitar eventos sociales. Sobre todo, odiaba que lo alabaran en público, como si temiera que escucharan su nombre. Como si quisiera mantenerse en el anonimato. Pero, con su ascenso espectacular, era imposible.

Dicen que huía. Dicen que cambiaba de trabajo, de ciudad, cada dos años, tres si había suerte. Dicen que lo perseguían, pero ninguno supo concretar quién. Algunos hablaban de una alargada sombra; otros, de unos tacones solitarios.

Dicen que, por las noches, la dama del eterno descanso se viste de largo y sale a buscar a sus amantes perdidos, aquellos que en alguna ocasión lograron escapar de su asfixiante abrazo. Dicen que aquel hombre escapó y, desde entonces, no pudo más que seguir huyendo. Y tienen razón. En su momento no les creí, pero tenían razón.

Por las noches unos tacones solitarios salen de fiesta y siempre encuentran a algún amante, agazapado en un despacho, oculto bajo unas sábanas, conocedor de su destino. Unos tacones que retumban por el pasillo de este hospital, como debieron de retumbar por el pasillo de aquella empresa. Los puedo oír ahora, acercándose a mi habitación, como se acercaron a su despacho. Unos tacones solitarios. Huecos, sombríos, decididos. Y puedo ver su sombra, escurriéndose debajo de la puerta cerrada de mi habitación. Esta habitación de hospital en la que me han ingresado tras salir milagrosamente ileso de un accidente de tráfico. Su alargada sombra, junto a mi cama.

Dicen que murió solo. Pero no es cierto. Ahora lo sé. Allí, en su despacho, vestida de largo, estaba su amante.

Y sus tacones, solitarios.

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Fuente de las fotografías:

Acerca de Guillermo Gómez Muñoz

Soy profesor de ELE en la Universidad de Deusto y escritor a tiempo incompleto.
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4 respuestas a Morituri te salutant (XVIII): La alargada sombra de los tacones solitarios

  1. maru dijo:

    Diosssss con los pelos de punta estoy. Emocionante, triste y sobrecogedor. Me gusta el final y como vas presentando la trama. Ah, y muchas gracias por la dedicación, me ha hecho muchísima ilusión. No dejes de escribir que ya sabes que yo te leo y me encanta.
    Besos, Maru
     

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  2. RT @cometa23: Lo prometido es deuda @marudo76 http://t.co/BUjlEG7h

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  3. ¡Anda! no conocía yo esta faceta tuya. Muy bueno RT @cometa23: Lo prometido es deuda @marudo76 http://t.co/lc9dl5Pj

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