Cajón de actividades: Cómo pagamos en los bares

Este semestre me toca impartir uno de los grupos de un curso de español un poquito especial que tenemos en nuestro centro: Español a través de la gastronomía. Como os podéis imaginar, es un curso que, además de contenidos teóricos, tiene su parte práctica entre fogones.

medium_5978677365(1)En lo que a la parte teórica se refiere, consiste en una mezcla de contenidos gramaticales, léxicos, gastronómicos y culturales. Este miércoles hablamos sobre los horarios en España (de las comidas, de las tiendas, de la vida en general) y terminé la clase planteándoles la pregunta de cómo pagamos cuando entramos a un bar. Para trabajar este tema, he elaborado una breve ficha inspirada en el post de Profedeele.es sobre el tema y una presentación con textos extraídos de esta misma entrada para explicar las diferentes formas de pagar en un bar.

Comparto ambas por si os sirven. Además, en el post de Profedeele.es podéis ver una explotación de un vídeo de José Mota sobre el tema de poner bote. Yo no lo usé en clase porque me parecía demasiado complicado el vídeo para mi grupo.

Cómo pagamos en los bares en España por Guillermo

Fuente de la fotografía: Pay here

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Tras la primera línea, viene un cuento: Blusas grises, cajones vacíos

Arrojó su ropa por la ventana y trató de olvidar su sonrisa azul. Sus blusas grises nunca habían combinado con su amplia sonrisa, así que tampoco consideró que pudiera ser una gran pérdida para ella.

El barrio entero ya estaba acostumbrado a su mala costumbre de terminar cada relación con una improvisada lluvia de prendas femeninas. Tal era su fama que incluso sus parejas lo sabían. El día que encontraran, a la puerta de su casa, un mercadillo con sus blusas, sus pantalones, sus bragas, todo habría terminado.

Con semejantes antecedentes, a todo el mundo le sorprendía que tuviera tanto éxito con las mujeres. Sus vecinas opinaban que era un imbécil, un machista inmaduro, incapaz de enamorarse y con ningún respeto hacia ellas. Sin embargo, cuando se cruzaban por la escalera y él les dedicaba una tímida, aunque seductora, sonrisa todas le devolvían el saludo con un brillo especial en la mirada.

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Nunca lo pensaba demasiado. Siempre llegaba un día en que la ropa de ellas sobresalía demasiado de sus cajones y sus entrañas, repentinamente, echaban de menos el eco de un armario vacío, de una cama fría y ordenada. No lo pensaba demasiado: sacaba toda su ropa, la arrojaba por la ventana y metía el resto de sus pertenencias en unas cajas que dejaba en la escalera. Nunca se arrepentía. Nunca guardaba ni un solo recuerdo.

Pero aquella vez fue diferente. Dos días después de ver sus blusas grises, como nubes que anuncian tormenta, surcando la brisa matutina que acariciaba las calles de su barrio, sintió un pinchazo agudo en el cajón izquierdo de su mesilla de noche. Allí solía guardar ella su antifaz negro para dormir. Intentó llamarla pero, como cabía esperar, solo obtuvo un pitido continuo por respuesta.

Al día siguiente, el eco del armario de su habitación le provocó una severa jaqueca que casi lo vuelve loco. Un día después, acechado por la urticaria provocada por la soledad de sus sábanas ordenadas, decidió que debía recuperarla. Intentó lo indecible, pero fue inútil. Se había esfumado.

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Desesperado, con la piel arruinada de tanto rascarse, la cabeza taladrada por la migraña y el estómago agujereado por los analgésicos, decidió que debía ocultar el eco con las prendas que días atrás había lanzado por la ventana.

No fue fácil. Le costó su tiempo. Necesitó, primero, investigar en qué manos había caído cada prenda y, segundo, planear meticulosa, discreta y subrepticiamente cómo recuperarlas. Todas y cada una. Hasta que su antifaz negro descansó en su mesilla; sus blusas grises, en sus perchas; sus bragas blancas, en los cajones de su armario; y su camisón añil, bajo su almohada.

Solo entonces, con su casa en silencio y sus armarios nuevamente repletos, descansó. Ocultó su soledad bajo sus blusas grises, cubrió sus ojos con su antifaz negro y se dedicó a recordar su sonrisa azul.


Este cuento abre una nueva serie titulada “Tras la primera línea, viene un cuento“. Todos los cuentos de esta serie nacen de algún ejercicio de escritura creativa. En el caso de este relato, del típico juego de crear un cuento a partir de una frase: “Arrojó su ropa por la ventana” (frase propuesta por la aplicación Ideas para escribir de Literautas).

Fuente de las fotografías:

Exploraciones: gancho y sombra

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El auténtico secreto de la paternidad

Dedicado a todos los recientes #papisymamisprofesdeELE

Nos engañaron. Nos contaron mil historias, todas ciertas. Pero no eran más que medias verdades, lugares comunes. Ninguna definitivamente acertada, ninguna definitivamente definitiva.

Los más profundos hablaron en términos metafísicos: dejas de ser tú, tu vida deja de importarte, ya solo vives para otro, ya solo sufres por otro.

Los más superficiales fueron a lo práctico: prepárate para no dormir una noche seguida durante uno o dos años. Los más agoreros hablaron de incluso cinco.

Pero se equivocaban. O quizás no: solo lo vieron desde un prisma diferente.

El auténtico secreto de la paternidad es más literario, más relacionado con la narratología que con la metafísica o la filosofía. El auténtico secreto de la paternidad consiste en hablar de uno mismo en tercera persona: aita ya viene, aita tiene sueño, aita es tonto

Aita por aquí y aita por allá. Como un personaje distinto a tu propio yo, que te ha fagocitado, que te ha transformado, que en cierta medida te ha hecho desaparecer. Un personaje en las manos de una pequeña narradora que es ahora quien dirige los hilos de tu historia. ¿Cuándo decidirá poner el punto final?

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¿Por qué los profes de ELE somos de tan buen comer?

Después de mi entrada gastronómico-canibalesca, uno de los ingredientes principales del menú me planteaba este interrogante:

¿Somos los profes de ELE de tan buen comer? Sin duda. No hay clase en la que no acabe hablando de comida —para desgracia de mis pobres estudiantes hambrientos—, no hay curso que no acabe con una merendola por todo lo alto, no hay encuentro de profes de ELE que se precie que no tenga ruta gastronómica post-talleres (especialmente memorables las organizadas por el sector malagueño de #twitterele, sin menospreciar al resto).

¿Pero por qué somos de tan buen comer? Se me ocurren varias respuestas, así que iremos una a una.

1. Dar clase da hambre. Mucha hambre añadiría yo. Supongo que como muchas otras profesiones. Pero ¿quién no ha estado tres o cuatro horas seguidas de clase y, a partir de la tercera, ha tenido que disimular esos ecos perfectamente audibles que salían de su estómago, subiendo el volumen de su voz? Solución: engañar al estómago bebiendo litros y litros de agua. Contraindicación: te parecerá que la pausa nunca llega para acercarte al baño.

2. Es algo cultural. Tópico topicazo, pero con una base real. ¡Qué leches! Aquí nos gusta comer. Y beber. El orden de los factores no suele alterar el producto. Son más relevantes las cantidades.

3. Las clases de español se pagan mal. Como cualquier nativo puede impartirlas… No importa los másters, doctorados o cursos de formación que tengas. No importa que hables cinco lenguas más que el presidente del gobierno. Siempre serás un profesor de segunda. Por vocación, pero de segunda. Y el sueldo irá en proporción: será un sueldo vocacionalmente ajustado. Por eso, en cuanto vemos comida (sobre todo si es otro el que invita), empezamos a salivar. Los profesores de ELE son fácilmente reconocibles en los bares: rebañan hasta la mayonesa de los palillos.

4. Dar clase de ELE se asemeja a una media maratón. Reconócelo: eres más un deportista que un docente. ¿Nunca te has parado a pensar cuántos kilómetros haces al día en tus clases? En la clase de ELE, no se para quieto: siempre activos, siempre de pie, siempre jugando, siempre animando… De vez en cuando, nos apoyamos en la mesa del profesor o en el pupitre del alumno. Ligeramente. Apenas rozando nuestras posaderas con la mesa para que no piensen que bajamos la guardia. Pero admítelo: estás descojonado y en ese momento te comerías un buen chuletón, con patatas fritas, pimientos de Gernika y un buen Rioja.

5. Por cabezonería típicamente bilbaina. Porque si vas a un encuentro de profes y te llevan de pintxos o de tapas o de lo que sea que te lleven relacionado con el estómago, cuando vienen a tu tierra, no vas a ser menos. Y como todos estamos muy bien educados, pues comemos y relamemos hasta la mayonesa de los palillos, no vayan a pensar que no nos ha gustado. Si va a ser que, como decía aquel, todos somos de Bilbao y uno de Bilbao nace donde quiere.

¿Ocurre este fenómeno en otras profesiones? Ni idea. Cuando me canse de comer tan bien, cambiaré de curro y, entonces, os contaré.

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