#Profestuiteros. ¿Qué aporta Twitter a los profesores de E/LE?

todoELEMañana, viernes 31 de octubre, tendré el honor de participar en la mesa redonda “#Profestuiteros. ¿Qué aporta Twitter a los profesores de E/LE?” organizada dentro de los VII Encuentros TodoELE. La mesa redonda comenzará a las 16:00 horas (horario peninsular) y se podrá seguir por varios medios:

En la mesa redonda participarán unos profes tuiteros más que interesantes: María Méndez, Mar Galindo, Adelaida Martín, José Ramón Rodríguez y Roberto Cuadros. Así que no os la perdáis y, sobre todo, participad activamente lanzando todas las preguntas que se os ocurran para animar la mesa redonda.Aquí podéis ver el vídeo de la primera mesa redonda en la que hablan sobre la Comunidad TodoELE.

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Tras la primera línea, viene un cuento: Horizonte vacío

Lamentó su suerte en una ciudad desierta. Todos se habían ido. Había llegado tarde. Siempre tarde, nunca a tiempo, le solía decir su madre. Siempre tarde. Siempre tarde. Como una letanía, en su cabeza. Siempre tarde. Malditos relojes, malditas horas. En una ciudad desierta. Solo aceras y farolas. Sucias y apagadas. Llenas de hojas. Otoño, decrépita estación. Caída hacia los infiernos. Lluvia, menos luz, días que se acortan.

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Estaba solo. Tremendamente solo. Paradójicamente solo.

Lamentó su suerte. Miró a su alrededor. Estaba solo. Tremendamente solo. Paradójicamente solo. Gritó y el eco de su voz le devolvió una caricia de uñas afiladas y tacto helado. Estaba solo. Como lo estuvo ayer y anteayer y la semana pasada. Como lo estuvo siempre. Solo. Por llegar tarde, diría su madre. Porque vivía en su mundo. Un mundo de sueños y fantasías. Un mundo débil, absurdo, irreal. Su mundo. ¿Pero qué mundo era ahora? Un mundo desierto, vacío, lamentable.

¿Adónde habrían ido? Oteó el horizonte. Ridículo. No había horizonte. En una ciudad nunca hay horizonte. Incluso cuando está desierta. Nunca hay horizonte. Solo casas. Vacías. Tiendas. Vacías. Asfalto hasta el infinito. Farolas apagadas.

Y comenzó a andar. Siempre andaba cuando no sabía qué hacer. Siempre andaba. Sin rumbo fijo. Sin destino. Solo andaba. Hacia el horizonte escondido detrás de las casas. Lejos de las ciudades. Junto a una luna que sonríe para ocultar sus dientes afilados. Siempre andaba. Desorientado.

Se dio cuenta de que estaba cansado. Llevaba días caminando, a buen ritmo. Siempre tarde. Siempre tarde. Retumbaba, a cada paso, en su cabeza. Siempre tarde. Así no sobreviviría. Y menos en un mundo cada segundo más temible, más carnívoro. Pero no tenía tiempo para descansar. Si no, nunca los alcanzaría. A ellos. Que lo habrían esperado. Que habrían arriesgado sus vidas por él. Que estarían vivos. Juntos. Huyendo. Como él. O al menos eso imaginaba mientras caminaba. Siempre tarde. Sin rumbo ni destino.

Tenía miedo. ¿Quién no? Cuando una amenaza desconocida se abalanza sobre el mundo es normal tener miedo. Es una respuesta instintiva. El miedo. El pavor. El terror. Es inevitable. Lo importante era no dejarse dominar, o al menos eso decían en las películas. Cuando había televisión. Y actores de Hollywood. Cuando el mundo aún estaba en pie. ¿Quedaría algo de aquel mundo todavía, en algún lugar?

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Siempre andaba. Sin rumbo fijo. Sin destino. Solo andaba. Hacia el horizonte escondido detrás de las casas.

Observó por última vez el punto de reunión. Estaba solo. La ciudad desierta. Siempre tarde, oía decir a su madre. Siempre tarde. Lamentó su suerte por última vez aquel día y echó a andar. No veía el horizonte, pero se lo imaginaba rasgado por una multitud, su grupo de supervivientes, sus amigos. Los únicos que le quedaban. Y a su espalda, la oscuridad. Amenazadora. Desconocida. Cada segundo más cerca. A su espalda, corriendo por las aceras, cruzando la esquina. Desconocida. Aterradora.

El miedo nunca lo paralizaba pero esta vez le faltaba el aire. Estaba cansado. Quería echar a andar. Huir. Seguir a sus compañeros. ¿Todavía estaría su madre con ellos? Qué tabarra les estaría dando. Siempre tarde. Este hijo mío, siempre tarde. No podemos esperarle, le habrían dicho. Y habrían partido, del punto de reunión. Su madre seguramente habría llorado, pero tampoco sabía si estaba vivo. No podían esperar. Siempre tarde.

Como ahora. El próximo punto de reunión estaba a una docena de kilómetros. Si no salía inmediatamente, sería imposible llegar. Pero ya era de noche. Casi. Y estaba cansado. Agotadoramente cansado. Cansado de estar cansado. Solo quería respirar, coger aire, descansar. Aunque la oscuridad lo envolviera todo. Por un segundo, por un minuto. Para siempre. Aunque no fuera capaz de otear de nuevo el horizonte. Ni ahora ni nunca. Un horizonte quizás rasgado por una multitud que lo cruzaba. O un horizonte vacío, solitario, desierto. Nunca lo sabría. Llegaría tarde, como siempre. Siempre tarde. Incluso al horizonte.

Fuente de las fotografías:

Lonely man

México DF

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Recetario: ¿Qué hacer con los pronombres de OD y OI?

Dado que las clases de español demuestran mayoritariamente que un alumno puede vivir perfectamente sin los pronombres de Objeto Directo y Objeto Indirecto, creo que sería razonable plantearse su exterminio.

Deberíamos ser buenos profesores y plantear, ante las autoridades académicas encargadas de la elaboración del diccionario, un juicio sumario, con escasas garantías legales, juzgado popular convenientemente domesticado y abogado defensor claramente alineado con la fiscalía. Eliminaríamos un quebradero de cabeza y unas cuantas unidades de los libros de texto, con el magnífico ahorro de papel que ello supondría y la considerable reducción del gasto en paracetamol, ibuprofeno y diversos ansiolíticos recetados universalmente a los estudiantes de lenguas.

small_3515471358¿Pero cómo hacerlo? Sencillo. Primero juzgaríamos a los pronombres de Objeto Directo. Total, si ya casi todos somos leístas, al menos por estos lares, por qué no serle ya definitivamente. Les acusaríamos de vagos, maleantes y capitalistas supinos. En definitiva, lo importante es la persona, así que prescindir de estos símbolos de la propiedad más rancia sería una victoria. Les traeríamos a la plaza del pueblo, les insultaríamos, les maniataríamos y, frente al alcalde, Belén Esteban y demás autoridades públicas y notorias, les daríamos matarile, rile, ri. Sería su fin. Agur. Bon voyage!

Después de un tiempo sin ellos, seguramente descubriríamos que la vida es más sencilla, más satisfactoria, con menos problemas. Y nuestros estudiantes ganarían horas de vida, horas de ocio, horas de libertad. No les echarían de menos, serían una hoja negra de nuestra reciente historia. Nada más. Y muy pronto serían olvidados.

Ese sería el momento idóneo para comenzar el siguiente juicio: el de los pronombres de Objeto Indirecto. Nuevamente amañaríamos el proceso y sentaríamos a los pronombres frente a sus acusaciones. Escándalo público, esnobismo, comunismo. ¡Rojos, que sois unos rojos! ¿A quién se ocurre adueñarse de la propiedad, poner a la persona en el centro? Y juzgaríamos. Y condenaríamos. Y ejecutaríamos. De nuevo, en la plaza pública. Llevaríamos al centro. Apenados, malolientes. Y frente al pueblo, mataríamos, haríamos desaparecer.

small_200680237¡Qué inmensa alegría en ese instante! ¡El mundo libre de esos indeseables! Menos unidades didácticas, menos paracetamol, más árboles en los bosques. Y respiraríamos aliviados. Y empezaríamos a hablar sin ellos. Frases, al principio, extrañas, pero ya nos acostumbraríamos. O eso diríamos. Con la duda entre ceja y ceja. Empezando a pensar que tal vez no fuera tan buena idea acabar con ellos. Juzgar a los pronombres de Objeto Directo y Objeto Indirecto. Condenar a los pronombres de Objeto Directo y Objeto Indirecto. Ejecutar a los pronombres de Objeto Directo y Objeto Indirecto. Quizás hubiera sido mejor acabar directamente con esos objetos. Y dejar. Morir. Por economía lingüística. Por el Amazonas. Por la reducción del gasto farmacéutico. Simplemente, por ti.

Fuente de fotografías:

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Tras la primera línea, viene un cuento: Otoño anónimo

“Qué necesario es el rock´n´roll,
qué prescindible el cuero.”
Fito & Fitipaldis

Aunque el verano acabó hace semanas, aún podía intuir su presencia en tu mirada apagada. Un verano tejido con kilómetros de asfalto, acordes aventureros, focos que sofocan, fans histéricos y cervezas que se alargan, que se estiran, que ven amanecer, que no se acuestan.

Pero el verano ya se había ido. Lo anunciaron las primeras hojas secas sobre la acera a principios de septiembre. La temporada de fiestas populares y festivales llegaba a su fin. Los escenarios se recogían. Los bares abrían solo los fines de semana. El coche empezó a reposar más tiempo en el garaje y las guitarras, en sus fundas.

Al principio, me alegré. Pasarías más tiempo en casa. Más tiempo en el sofá. Más tiempo conmigo. Tú, no. Tú te aburrías. Echabas de menos el verano glorioso, épico, irrepetible. Buscabas entre las cuerdas aquellos acordes que te habían llevado a lo más alto. Dedicabas días enteros a componer nuevas canciones que te catapultaran a la gloria el próximo verano. Pero lo veías tan lejos. Todavía era octubre. Un octubre eterno, lluvioso, enjaulado. Un octubre sin focos, ni asfalto, ni cuero. Que se anquilosaba, que carcomía tu creatividad, que corroía tus nuevas melodías.

small__8164657421Pese a las horas que pasaste encerrado componiendo, octubre fue un desierto. No encontraste oasis donde reposar junto a tus adorados Rolling, donde encontrar una pizca de inspiración en el fondo de un botellín de cerveza, en las últimas caladas que consumen un cigarrillo demasiado corto, demasiado intenso. Un cigarrillo que acaba en el suelo, olvidado, terminando de consumirse.

Noviembre llegó sin pena ni gloria. Lluvioso, nublado, deprimente. La ciudad se vació de turistas, con sus flashes y sus sandalias. Deshabitada, monocromática, taciturna. Cada día más cansado, cada hora más silencioso, cada segundo más gris. Los acordes de tu guitarra comenzaron a espaciarse, a sonar más imprecisos, a desafinar.

Para entonces, ya no supe qué hacer. Eras un extraño que apenas salía de casa, que apenas abandonaba su garaje, su altar místico, el eco de su verano. Llegó un momento en que dejé de preocuparme. Respeté tu espacio. Yo también me olvidé de ti.

El invierno casi llamaba a tu puerta. Te dejé solo. Fue duro, pero no quise ver cómo el otoño anónimo dejaba paso a tu sobredosis de olvido del invierno eterno que se avecinaba. No quise verte así. Prefería guardar el recuerdo de tus acordes poderosos, de  tus manos expertas recorriendo las cuerdas de tu guitarra azul. Como tus ojos.

Volvería en primavera para recoger lo que quedara de ti. Si es que quedaba algo, después del otoño, después del invierno. Si es que, al abrir la puerta, no encontraba una guitarra sin cuerdas, una melodía inacabada, una primavera sin ti.

Fuente de la fotografía: Lluvia de otoño

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Cajón de actividades: Cómo pagamos en los bares

Este semestre me toca impartir uno de los grupos de un curso de español un poquito especial que tenemos en nuestro centro: Español a través de la gastronomía. Como os podéis imaginar, es un curso que, además de contenidos teóricos, tiene su parte práctica entre fogones.

medium_5978677365(1)En lo que a la parte teórica se refiere, consiste en una mezcla de contenidos gramaticales, léxicos, gastronómicos y culturales. Este miércoles hablamos sobre los horarios en España (de las comidas, de las tiendas, de la vida en general) y terminé la clase planteándoles la pregunta de cómo pagamos cuando entramos a un bar. Para trabajar este tema, he elaborado una breve ficha inspirada en el post de Profedeele.es sobre el tema y una presentación con textos extraídos de esta misma entrada para explicar las diferentes formas de pagar en un bar.

Comparto ambas por si os sirven. Además, en el post de Profedeele.es podéis ver una explotación de un vídeo de José Mota sobre el tema de poner bote. Yo no lo usé en clase porque me parecía demasiado complicado el vídeo para mi grupo.

Cómo pagamos en los bares en España por Guillermo

Fuente de la fotografía: Pay here

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