Tras la primera línea, viene un cuento: Blusas grises, cajones vacíos

Arrojó su ropa por la ventana y trató de olvidar su sonrisa azul. Sus blusas grises nunca habían combinado con su amplia sonrisa, así que tampoco consideró que pudiera ser una gran pérdida para ella.

El barrio entero ya estaba acostumbrado a su mala costumbre de terminar cada relación con una improvisada lluvia de prendas femeninas. Tal era su fama que incluso sus parejas lo sabían. El día que encontraran, a la puerta de su casa, un mercadillo con sus blusas, sus pantalones, sus bragas, todo habría terminado.

Con semejantes antecedentes, a todo el mundo le sorprendía que tuviera tanto éxito con las mujeres. Sus vecinas opinaban que era un imbécil, un machista inmaduro, incapaz de enamorarse y con ningún respeto hacia ellas. Sin embargo, cuando se cruzaban por la escalera y él les dedicaba una tímida, aunque seductora, sonrisa todas le devolvían el saludo con un brillo especial en la mirada.

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Nunca lo pensaba demasiado. Siempre llegaba un día en que la ropa de ellas sobresalía demasiado de sus cajones y sus entrañas, repentinamente, echaban de menos el eco de un armario vacío, de una cama fría y ordenada. No lo pensaba demasiado: sacaba toda su ropa, la arrojaba por la ventana y metía el resto de sus pertenencias en unas cajas que dejaba en la escalera. Nunca se arrepentía. Nunca guardaba ni un solo recuerdo.

Pero aquella vez fue diferente. Dos días después de ver sus blusas grises, como nubes que anuncian tormenta, surcando la brisa matutina que acariciaba las calles de su barrio, sintió un pinchazo agudo en el cajón izquierdo de su mesilla de noche. Allí solía guardar ella su antifaz negro para dormir. Intentó llamarla pero, como cabía esperar, solo obtuvo un pitido continuo por respuesta.

Al día siguiente, el eco del armario de su habitación le provocó una severa jaqueca que casi lo vuelve loco. Un día después, acechado por la urticaria provocada por la soledad de sus sábanas ordenadas, decidió que debía recuperarla. Intentó lo indecible, pero fue inútil. Se había esfumado.

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Desesperado, con la piel arruinada de tanto rascarse, la cabeza taladrada por la migraña y el estómago agujereado por los analgésicos, decidió que debía ocultar el eco con las prendas que días atrás había lanzado por la ventana.

No fue fácil. Le costó su tiempo. Necesitó, primero, investigar en qué manos había caído cada prenda y, segundo, planear meticulosa, discreta y subrepticiamente cómo recuperarlas. Todas y cada una. Hasta que su antifaz negro descansó en su mesilla; sus blusas grises, en sus perchas; sus bragas blancas, en los cajones de su armario; y su camisón añil, bajo su almohada.

Solo entonces, con su casa en silencio y sus armarios nuevamente repletos, descansó. Ocultó su soledad bajo sus blusas grises, cubrió sus ojos con su antifaz negro y se dedicó a recordar su sonrisa azul.


Este cuento abre una nueva serie titulada “Tras la primera línea, viene un cuento“. Todos los cuentos de esta serie nacen de algún ejercicio de escritura creativa. En el caso de este relato, del típico juego de crear un cuento a partir de una frase: “Arrojó su ropa por la ventana” (frase propuesta por la aplicación Ideas para escribir de Literautas).

Fuente de las fotografías:

Exploraciones: gancho y sombra

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El auténtico secreto de la paternidad

Dedicado a todos los recientes #papisymamisprofesdeELE

Nos engañaron. Nos contaron mil historias, todas ciertas. Pero no eran más que medias verdades, lugares comunes. Ninguna definitivamente acertada, ninguna definitivamente definitiva.

Los más profundos hablaron en términos metafísicos: dejas de ser tú, tu vida deja de importarte, ya solo vives para otro, ya solo sufres por otro.

Los más superficiales fueron a lo práctico: prepárate para no dormir una noche seguida durante uno o dos años. Los más agoreros hablaron de incluso cinco.

Pero se equivocaban. O quizás no: solo lo vieron desde un prisma diferente.

El auténtico secreto de la paternidad es más literario, más relacionado con la narratología que con la metafísica o la filosofía. El auténtico secreto de la paternidad consiste en hablar de uno mismo en tercera persona: aita ya viene, aita tiene sueño, aita es tonto

Aita por aquí y aita por allá. Como un personaje distinto a tu propio yo, que te ha fagocitado, que te ha transformado, que en cierta medida te ha hecho desaparecer. Un personaje en las manos de una pequeña narradora que es ahora quien dirige los hilos de tu historia. ¿Cuándo decidirá poner el punto final?

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¿Por qué los profes de ELE somos de tan buen comer?

Después de mi entrada gastronómico-canibalesca, uno de los ingredientes principales del menú me planteaba este interrogante:

¿Somos los profes de ELE de tan buen comer? Sin duda. No hay clase en la que no acabe hablando de comida —para desgracia de mis pobres estudiantes hambrientos—, no hay curso que no acabe con una merendola por todo lo alto, no hay encuentro de profes de ELE que se precie que no tenga ruta gastronómica post-talleres (especialmente memorables las organizadas por el sector malagueño de #twitterele, sin menospreciar al resto).

¿Pero por qué somos de tan buen comer? Se me ocurren varias respuestas, así que iremos una a una.

1. Dar clase da hambre. Mucha hambre añadiría yo. Supongo que como muchas otras profesiones. Pero ¿quién no ha estado tres o cuatro horas seguidas de clase y, a partir de la tercera, ha tenido que disimular esos ecos perfectamente audibles que salían de su estómago, subiendo el volumen de su voz? Solución: engañar al estómago bebiendo litros y litros de agua. Contraindicación: te parecerá que la pausa nunca llega para acercarte al baño.

2. Es algo cultural. Tópico topicazo, pero con una base real. ¡Qué leches! Aquí nos gusta comer. Y beber. El orden de los factores no suele alterar el producto. Son más relevantes las cantidades.

3. Las clases de español se pagan mal. Como cualquier nativo puede impartirlas… No importa los másters, doctorados o cursos de formación que tengas. No importa que hables cinco lenguas más que el presidente del gobierno. Siempre serás un profesor de segunda. Por vocación, pero de segunda. Y el sueldo irá en proporción: será un sueldo vocacionalmente ajustado. Por eso, en cuanto vemos comida (sobre todo si es otro el que invita), empezamos a salivar. Los profesores de ELE son fácilmente reconocibles en los bares: rebañan hasta la mayonesa de los palillos.

4. Dar clase de ELE se asemeja a una media maratón. Reconócelo: eres más un deportista que un docente. ¿Nunca te has parado a pensar cuántos kilómetros haces al día en tus clases? En la clase de ELE, no se para quieto: siempre activos, siempre de pie, siempre jugando, siempre animando… De vez en cuando, nos apoyamos en la mesa del profesor o en el pupitre del alumno. Ligeramente. Apenas rozando nuestras posaderas con la mesa para que no piensen que bajamos la guardia. Pero admítelo: estás descojonado y en ese momento te comerías un buen chuletón, con patatas fritas, pimientos de Gernika y un buen Rioja.

5. Por cabezonería típicamente bilbaina. Porque si vas a un encuentro de profes y te llevan de pintxos o de tapas o de lo que sea que te lleven relacionado con el estómago, cuando vienen a tu tierra, no vas a ser menos. Y como todos estamos muy bien educados, pues comemos y relamemos hasta la mayonesa de los palillos, no vayan a pensar que no nos ha gustado. Si va a ser que, como decía aquel, todos somos de Bilbao y uno de Bilbao nace donde quiere.

¿Ocurre este fenómeno en otras profesiones? Ni idea. Cuando me canse de comer tan bien, cambiaré de curro y, entonces, os contaré.

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Recetario: Instrucciones para cocinar un buen profesor

A mis profesores imprescindibles.
Los que cocino hoy y los que quedaron en el frigorífico.

Un profesor es siempre un plato duro de cocinar. Nunca se sabe con qué ingredientes se acertará ni qué forma de cocinarlo será la más adecuada. Así que hay que improvisar ligeramente sobre la marcha, dejarse llevar por el instinto culinario, no ceñirse a la receta ni hacer demasiado caso a los gurús de la cocina moderna, didáctica y exquisita.

Un profesor necesita tiempo, paciencia, agua, una cucharada y media de sal (siempre en función de la gracia del docente), una cazuela de barro, un poco de guarnición para acompañar y un buen chorrete de vino blanco, tinto o coñac (a mayor graduación, mejor se digiere).

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La forma de cocinarlo debe adaptarse a las condiciones de cada erudito. En mi caso, si en un determinado momento algún alumno cocinillas deseara llevarme a la cazuela, le recomendaría un tiempo de cocción mínimo de treinta minutos. Con el paso de los minutos, mejoro. Aunque al vapor, tampoco pierdo sabor. En definitiva, lo más adecuado será que se guíe por sus gustos personales y me cocine como le venga en gana.

De todos modos, y antes de dar por finalizada esta primera entrada culinaria de mi blog, no puedo evitar darles a esos estudiantes interesados por la gastronomía algunos consejos prácticos sobre cómo cocinar a algunos de esos profesores exquisitos que pueden encontrarse en su camino de arduo aprendizaje.

Por ejemplo, si desearan llevar a su cazuela a Javier Villatoro, yo les recomendaría acompañarlo de Francisco Herrera. A fuego lento, en cazuela de barro, con un buen chorrete de aceite, un vino blanco dulzón y unas patatas ligeramente cocinadas al vapor, estos dos sabios profesores adquieren un gusto memorable. Un último consejo: espolvorear una pizca de pimienta molida al emplatar destaca lo mejor de cada uno.

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Otro ejemplo, si al que tienen en su nevera es a José Ramón, yo sugeriría un plato frío, con mejillones con sus patatas fritas de bolsa por encima (mezcla curiosa pero sorprendente). Este aperitivo combina a las mil maravillas con un Ricardo Torres, gran reserva del 85. Simplemente delicioso.

Otra combinación apetitosa es la que forman María Mejías y Adelaida Martín Bosque. En este caso, yo recomendaría tenerlas a remojo en agua bien frequita, trocear con un poco de escarola y añadirle aceite virgen extra y vinagre de módena al gusto. Unos dados de queso azul o lascas de frutos secos también son recomendables.

Para el postre, yo recomendaría un pastel de Estrella Redondo, Adriana Repila y Mª José Solomando. 30 minutos de horno, un sobre de levadura, 150 gramos de azúcar, unas fresas para adornar y listo. Un postre que enamorará a todos los de la casa.

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Para comidas voluminosas, con el fin de aligerar el regusto salado del primer plato y llegar con la lengua en blanco al segundo, un sorbete fresquito de manzana ácida, David Vidal y Dani Varo, con un chorrito de licor de almendras, deleitará a los más finos paladares.

Y, por último, cómo no mencionar a Iñaki Murua: una salsa bizkaina con una bola de helado de bollo de mantequilla, acompañado de un txakoli bien fresquito, sería la forma perfecta de llevar a la mesa a este bilbaino de pro.

En este rápido compendio de consejos gastronómico-educativos, olvido a muchos otros profesores que en la cazuela serían imprescindibles, pero esta entrada no da para más. Disculpadme el olvido y que aproveche.

Actualización de última hora: Ninguna buena comida puede terminar sin un buen café. Para la ocasión recomendaría un Mar Galindo, con trazas de chocolate negro y  avellana, perfecta mezcla de dulce y amargo en boca y antesala de una siesta antológica y reparadora.

Fuente de las fotografías:

Cazuela

Pimienta

Fresas y chocolate

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Blog Hop Project: Así escribo mi blog

Hace una semana me escribía Ricardo Torres, uno de esos blogueros del mundo ELE imprescindibles, para hacerme una propuesta: participar en la cadena Blog Hop Project. Tal y como relata él en su blog, la iniciativa la lanza Gloria, del blog EsplinGo Coaching, y consiste en “responder a cuatro preguntas acerca de nuestra experiencia escribiendo en nuestro blog e invitar a otros tres blogueros para recoger el testigo y continuar la cadena.


Así que aquí va mi aportación a la iniciativa:

1) ¿Sobre qué estoy escribiendo actualmente?

A decir verdad, mi blog está un poco parado últimamente. Siempre, a lo largo del curso, vive etapas de mayor y de menor productividad. Normalmente, hacia mayo y junio, el cansancio del curso se suele reflejar en la poca actividad bloguera. Este año, a esta recurrente vagancia, se le han sumado el cambio de rutinas de la recién estrenada paternidad y el hecho de que estoy centrándome en terminar una novela que tengo a medias.

Pero volviendo a la pregunta, normalmente escribo sobre experiencias de clase, reflexiones que me surgen a partir de las situaciones que se dan en el día a día. También, de vez en cuando, comparto actividades que diseño para el aula. Y por último, un poquito de creación literaria.

2) ¿En qué difiere mi escritura de la de otros que desarrollan el mismo género?

Mi blog se caracteriza por ser un totum revolutum. En ningún momento he sido capaz de ceñirlo a una temática única. Nació como una actividad para un curso de máster y, en un principio, se centró en la actividad de ese máster. Poco a poco me fui enganchando y lo redirigí hacia mi actividad en el aula con mis alumnos, pero siempre se mezclaba esta temática con reflexiones personales, citas de libros que leía o pequeñas creaciones literarias. En algún momento, pensé en crear un nuevo blog, especialmente para estas últimas (y aún lo pienso), pero nunca he dado el paso y, en cierto modo, me siento muy cómodo entre esta mezcolanza.

3) ¿Por qué escribo lo que escribo?

Siempre me ha gustado escribir. Es una necesidad. Casi diría que una obsesión. Es más, escribiendo me expreso mejor que hablando. Me ayuda a superar mi timidez y me sirve para ordenar mis ideas. Además, en el ámbito profesional, escribir en mi blog ha sido la mejor forma de entrar en contacto con otros compañeros y formar redes profesionales de las que he aprendido muchísimo.

4) ¿Cómo es mi proceso de escritura?

Cualquier cosa que escribo, nace siempre de una pequeña idea (normalmente mínima), una imagen, una frase, una situación. En muy raras ocasiones, tengo todo claro y estructurado desde el principio. A veces la idea de partida es tan pequeña que luego me cuesta un buen rato desarrollarla. Además, casi siempre empiezo sin darle más vueltas y, según escribo, la idea va creciendo. El proceso de textualización siempre me ha ayudado a poner en orden mis ideas.


Y por último, los blogueros que continuarán la cadena. En mi caso, van a ser dos en lugar de tres, pero ambos con una actividad bloguera muy notable e intensa.

imurua_1347954872_08Iñaki Murua

Bloguero de entrada casi diaria, Iñaki es un alma inquieta siempre atenta a lo que se cuece en las redes. Editor de la revista Hizpide, en su blog nos habla de educación, de redes, de música (especialmente de cantautores), de Bilbao y de su Athletic del corazón.

Santi Pérez IsasiCIMG3036

Escritor incansable y doctor en Literatura, Santi es otro bloguero que no se salta ni los domingos ni las fiestas de guardar. Su blog es un espacio dedicado, generalmente, a los microcuentos (siempre deliciosos, algunos en sentido literal), aunque también se cruza, entre tanta ficción, su vida y sus viajes.

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