Recetario: ¿Qué hacer con los pronombres de OD y OI?

Dado que las clases de español demuestran mayoritariamente que un alumno puede vivir perfectamente sin los pronombres de Objeto Directo y Objeto Indirecto, creo que sería razonable plantearse su exterminio.

Deberíamos ser buenos profesores y plantear, ante las autoridades académicas encargadas de la elaboración del diccionario, un juicio sumario, con escasas garantías legales, juzgado popular convenientemente domesticado y abogado defensor claramente alineado con la fiscalía. Eliminaríamos un quebradero de cabeza y unas cuantas unidades de los libros de texto, con el magnífico ahorro de papel que ello supondría y la considerable reducción del gasto en paracetamol, ibuprofeno y diversos ansiolíticos recetados universalmente a los estudiantes de lenguas.

small_3515471358¿Pero cómo hacerlo? Sencillo. Primero juzgaríamos a los pronombres de Objeto Directo. Total, si ya casi todos somos leístas, al menos por estos lares, por qué no serle ya definitivamente. Les acusaríamos de vagos, maleantes y capitalistas supinos. En definitiva, lo importante es la persona, así que prescindir de estos símbolos de la propiedad más rancia sería una victoria. Les traeríamos a la plaza del pueblo, les insultaríamos, les maniataríamos y, frente al alcalde, Belén Esteban y demás autoridades públicas y notorias, les daríamos matarile, rile, ri. Sería su fin. Agur. Bon voyage!

Después de un tiempo sin ellos, seguramente descubriríamos que la vida es más sencilla, más satisfactoria, con menos problemas. Y nuestros estudiantes ganarían horas de vida, horas de ocio, horas de libertad. No les echarían de menos, serían una hoja negra de nuestra reciente historia. Nada más. Y muy pronto serían olvidados.

Ese sería el momento idóneo para comenzar el siguiente juicio: el de los pronombres de Objeto Indirecto. Nuevamente amañaríamos el proceso y sentaríamos a los pronombres frente a sus acusaciones. Escándalo público, esnobismo, comunismo. ¡Rojos, que sois unos rojos! ¿A quién se ocurre adueñarse de la propiedad, poner a la persona en el centro? Y juzgaríamos. Y condenaríamos. Y ejecutaríamos. De nuevo, en la plaza pública. Llevaríamos al centro. Apenados, malolientes. Y frente al pueblo, mataríamos, haríamos desaparecer.

small_200680237¡Qué inmensa alegría en ese instante! ¡El mundo libre de esos indeseables! Menos unidades didácticas, menos paracetamol, más árboles en los bosques. Y respiraríamos aliviados. Y empezaríamos a hablar sin ellos. Frases, al principio, extrañas, pero ya nos acostumbraríamos. O eso diríamos. Con la duda entre ceja y ceja. Empezando a pensar que tal vez no fuera tan buena idea acabar con ellos. Juzgar a los pronombres de Objeto Directo y Objeto Indirecto. Condenar a los pronombres de Objeto Directo y Objeto Indirecto. Ejecutar a los pronombres de Objeto Directo y Objeto Indirecto. Quizás hubiera sido mejor acabar directamente con esos objetos. Y dejar. Morir. Por economía lingüística. Por el Amazonas. Por la reducción del gasto farmacéutico. Simplemente, por ti.

Fuente de fotografías:

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Tras la primera línea, viene un cuento: Otoño anónimo

«Qué necesario es el rock´n´roll,
qué prescindible el cuero.»
Fito & Fitipaldis

Aunque el verano acabó hace semanas, aún podía intuir su presencia en tu mirada apagada. Un verano tejido con kilómetros de asfalto, acordes aventureros, focos que sofocan, fans histéricos y cervezas que se alargan, que se estiran, que ven amanecer, que no se acuestan.

Pero el verano ya se había ido. Lo anunciaron las primeras hojas secas sobre la acera a principios de septiembre. La temporada de fiestas populares y festivales llegaba a su fin. Los escenarios se recogían. Los bares abrían solo los fines de semana. El coche empezó a reposar más tiempo en el garaje y las guitarras, en sus fundas.

Al principio, me alegré. Pasarías más tiempo en casa. Más tiempo en el sofá. Más tiempo conmigo. Tú, no. Tú te aburrías. Echabas de menos el verano glorioso, épico, irrepetible. Buscabas entre las cuerdas aquellos acordes que te habían llevado a lo más alto. Dedicabas días enteros a componer nuevas canciones que te catapultaran a la gloria el próximo verano. Pero lo veías tan lejos. Todavía era octubre. Un octubre eterno, lluvioso, enjaulado. Un octubre sin focos, ni asfalto, ni cuero. Que se anquilosaba, que carcomía tu creatividad, que corroía tus nuevas melodías.

small__8164657421Pese a las horas que pasaste encerrado componiendo, octubre fue un desierto. No encontraste oasis donde reposar junto a tus adorados Rolling, donde encontrar una pizca de inspiración en el fondo de un botellín de cerveza, en las últimas caladas que consumen un cigarrillo demasiado corto, demasiado intenso. Un cigarrillo que acaba en el suelo, olvidado, terminando de consumirse.

Noviembre llegó sin pena ni gloria. Lluvioso, nublado, deprimente. La ciudad se vació de turistas, con sus flashes y sus sandalias. Deshabitada, monocromática, taciturna. Cada día más cansado, cada hora más silencioso, cada segundo más gris. Los acordes de tu guitarra comenzaron a espaciarse, a sonar más imprecisos, a desafinar.

Para entonces, ya no supe qué hacer. Eras un extraño que apenas salía de casa, que apenas abandonaba su garaje, su altar místico, el eco de su verano. Llegó un momento en que dejé de preocuparme. Respeté tu espacio. Yo también me olvidé de ti.

El invierno casi llamaba a tu puerta. Te dejé solo. Fue duro, pero no quise ver cómo el otoño anónimo dejaba paso a tu sobredosis de olvido del invierno eterno que se avecinaba. No quise verte así. Prefería guardar el recuerdo de tus acordes poderosos, de  tus manos expertas recorriendo las cuerdas de tu guitarra azul. Como tus ojos.

Volvería en primavera para recoger lo que quedara de ti. Si es que quedaba algo, después del otoño, después del invierno. Si es que, al abrir la puerta, no encontraba una guitarra sin cuerdas, una melodía inacabada, una primavera sin ti.

Fuente de la fotografía: Lluvia de otoño

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Cajón de actividades: Cómo pagamos en los bares

Este semestre me toca impartir uno de los grupos de un curso de español un poquito especial que tenemos en nuestro centro: Español a través de la gastronomía. Como os podéis imaginar, es un curso que, además de contenidos teóricos, tiene su parte práctica entre fogones.

medium_5978677365(1)En lo que a la parte teórica se refiere, consiste en una mezcla de contenidos gramaticales, léxicos, gastronómicos y culturales. Este miércoles hablamos sobre los horarios en España (de las comidas, de las tiendas, de la vida en general) y terminé la clase planteándoles la pregunta de cómo pagamos cuando entramos a un bar. Para trabajar este tema, he elaborado una breve ficha inspirada en el post de Profedeele.es sobre el tema y una presentación con textos extraídos de esta misma entrada para explicar las diferentes formas de pagar en un bar.

Comparto ambas por si os sirven. Además, en el post de Profedeele.es podéis ver una explotación de un vídeo de José Mota sobre el tema de poner bote. Yo no lo usé en clase porque me parecía demasiado complicado el vídeo para mi grupo.

Cómo pagamos en los bares en España por Guillermo

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Fuente de la fotografía: Pay here

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De vuelta al trabajo un poco más zombi

1 de septiembre.

De vuelta al trabajo.

Mañana llegan los alumnos.

El lunes que viene empiezan las clases.

¿Quién soy? ¿Qué hacía yo aquí? ¿Qué me quedó pendiente?

1 de septiembre.

De vuelta al trabajo.

Un poco más zombi.

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Tras la primera línea, viene un cuento: Blusas grises, cajones vacíos

Arrojó su ropa por la ventana y trató de olvidar su sonrisa azul. Sus blusas grises nunca habían combinado con su amplia sonrisa, así que tampoco consideró que pudiera ser una gran pérdida para ella.

El barrio entero ya estaba acostumbrado a su mala costumbre de terminar cada relación con una improvisada lluvia de prendas femeninas. Tal era su fama que incluso sus parejas lo sabían. El día que encontraran, a la puerta de su casa, un mercadillo con sus blusas, sus pantalones, sus bragas, todo habría terminado.

Con semejantes antecedentes, a todo el mundo le sorprendía que tuviera tanto éxito con las mujeres. Sus vecinas opinaban que era un imbécil, un machista inmaduro, incapaz de enamorarse y con ningún respeto hacia ellas. Sin embargo, cuando se cruzaban por la escalera y él les dedicaba una tímida, aunque seductora, sonrisa todas le devolvían el saludo con un brillo especial en la mirada.

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Nunca lo pensaba demasiado. Siempre llegaba un día en que la ropa de ellas sobresalía demasiado de sus cajones y sus entrañas, repentinamente, echaban de menos el eco de un armario vacío, de una cama fría y ordenada. No lo pensaba demasiado: sacaba toda su ropa, la arrojaba por la ventana y metía el resto de sus pertenencias en unas cajas que dejaba en la escalera. Nunca se arrepentía. Nunca guardaba ni un solo recuerdo.

Pero aquella vez fue diferente. Dos días después de ver sus blusas grises, como nubes que anuncian tormenta, surcando la brisa matutina que acariciaba las calles de su barrio, sintió un pinchazo agudo en el cajón izquierdo de su mesilla de noche. Allí solía guardar ella su antifaz negro para dormir. Intentó llamarla pero, como cabía esperar, solo obtuvo un pitido continuo por respuesta.

Al día siguiente, el eco del armario de su habitación le provocó una severa jaqueca que casi lo vuelve loco. Un día después, acechado por la urticaria provocada por la soledad de sus sábanas ordenadas, decidió que debía recuperarla. Intentó lo indecible, pero fue inútil. Se había esfumado.

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Desesperado, con la piel arruinada de tanto rascarse, la cabeza taladrada por la migraña y el estómago agujereado por los analgésicos, decidió que debía ocultar el eco con las prendas que días atrás había lanzado por la ventana.

No fue fácil. Le costó su tiempo. Necesitó, primero, investigar en qué manos había caído cada prenda y, segundo, planear meticulosa, discreta y subrepticiamente cómo recuperarlas. Todas y cada una. Hasta que su antifaz negro descansó en su mesilla; sus blusas grises, en sus perchas; sus bragas blancas, en los cajones de su armario; y su camisón añil, bajo su almohada.

Solo entonces, con su casa en silencio y sus armarios nuevamente repletos, descansó. Ocultó su soledad bajo sus blusas grises, cubrió sus ojos con su antifaz negro y se dedicó a recordar su sonrisa azul.


Este cuento abre una nueva serie titulada «Tras la primera línea, viene un cuento«. Todos los cuentos de esta serie nacen de algún ejercicio de escritura creativa. En el caso de este relato, del típico juego de crear un cuento a partir de una frase: «Arrojó su ropa por la ventana» (frase propuesta por la aplicación Ideas para escribir de Literautas).

Fuente de las fotografías:

Exploraciones: gancho y sombra

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El auténtico secreto de la paternidad

Dedicado a todos los recientes #papisymamisprofesdeELE

Nos engañaron. Nos contaron mil historias, todas ciertas. Pero no eran más que medias verdades, lugares comunes. Ninguna definitivamente acertada, ninguna definitivamente definitiva.

Los más profundos hablaron en términos metafísicos: dejas de ser tú, tu vida deja de importarte, ya solo vives para otro, ya solo sufres por otro.

Los más superficiales fueron a lo práctico: prepárate para no dormir una noche seguida durante uno o dos años. Los más agoreros hablaron de incluso cinco.

Pero se equivocaban. O quizás no: solo lo vieron desde un prisma diferente.

El auténtico secreto de la paternidad es más literario, más relacionado con la narratología que con la metafísica o la filosofía. El auténtico secreto de la paternidad consiste en hablar de uno mismo en tercera persona: aita ya viene, aita tiene sueño, aita es tonto

Aita por aquí y aita por allá. Como un personaje distinto a tu propio yo, que te ha fagocitado, que te ha transformado, que en cierta medida te ha hecho desaparecer. Un personaje en las manos de una pequeña narradora que es ahora quien dirige los hilos de tu historia. ¿Cuándo decidirá poner el punto final?

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¿Por qué los profes de ELE somos de tan buen comer?

Después de mi entrada gastronómico-canibalesca, uno de los ingredientes principales del menú me planteaba este interrogante:

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¿Somos los profes de ELE de tan buen comer? Sin duda. No hay clase en la que no acabe hablando de comida —para desgracia de mis pobres estudiantes hambrientos—, no hay curso que no acabe con una merendola por todo lo alto, no hay encuentro de profes de ELE que se precie que no tenga ruta gastronómica post-talleres (especialmente memorables las organizadas por el sector malagueño de #twitterele, sin menospreciar al resto).

¿Pero por qué somos de tan buen comer? Se me ocurren varias respuestas, así que iremos una a una.

1. Dar clase da hambre. Mucha hambre añadiría yo. Supongo que como muchas otras profesiones. Pero ¿quién no ha estado tres o cuatro horas seguidas de clase y, a partir de la tercera, ha tenido que disimular esos ecos perfectamente audibles que salían de su estómago, subiendo el volumen de su voz? Solución: engañar al estómago bebiendo litros y litros de agua. Contraindicación: te parecerá que la pausa nunca llega para acercarte al baño.

2. Es algo cultural. Tópico topicazo, pero con una base real. ¡Qué leches! Aquí nos gusta comer. Y beber. El orden de los factores no suele alterar el producto. Son más relevantes las cantidades.

3. Las clases de español se pagan mal. Como cualquier nativo puede impartirlas… No importa los másters, doctorados o cursos de formación que tengas. No importa que hables cinco lenguas más que el presidente del gobierno. Siempre serás un profesor de segunda. Por vocación, pero de segunda. Y el sueldo irá en proporción: será un sueldo vocacionalmente ajustado. Por eso, en cuanto vemos comida (sobre todo si es otro el que invita), empezamos a salivar. Los profesores de ELE son fácilmente reconocibles en los bares: rebañan hasta la mayonesa de los palillos.

4. Dar clase de ELE se asemeja a una media maratón. Reconócelo: eres más un deportista que un docente. ¿Nunca te has parado a pensar cuántos kilómetros haces al día en tus clases? En la clase de ELE, no se para quieto: siempre activos, siempre de pie, siempre jugando, siempre animando… De vez en cuando, nos apoyamos en la mesa del profesor o en el pupitre del alumno. Ligeramente. Apenas rozando nuestras posaderas con la mesa para que no piensen que bajamos la guardia. Pero admítelo: estás descojonado y en ese momento te comerías un buen chuletón, con patatas fritas, pimientos de Gernika y un buen Rioja.

5. Por cabezonería típicamente bilbaina. Porque si vas a un encuentro de profes y te llevan de pintxos o de tapas o de lo que sea que te lleven relacionado con el estómago, cuando vienen a tu tierra, no vas a ser menos. Y como todos estamos muy bien educados, pues comemos y relamemos hasta la mayonesa de los palillos, no vayan a pensar que no nos ha gustado. Si va a ser que, como decía aquel, todos somos de Bilbao y uno de Bilbao nace donde quiere.

¿Ocurre este fenómeno en otras profesiones? Ni idea. Cuando me canse de comer tan bien, cambiaré de curro y, entonces, os contaré.

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Recetario: Instrucciones para cocinar un buen profesor

A mis profesores imprescindibles.
Los que cocino hoy y los que quedaron en el frigorífico.

Un profesor es siempre un plato duro de cocinar. Nunca se sabe con qué ingredientes se acertará ni qué forma de cocinarlo será la más adecuada. Así que hay que improvisar ligeramente sobre la marcha, dejarse llevar por el instinto culinario, no ceñirse a la receta ni hacer demasiado caso a los gurús de la cocina moderna, didáctica y exquisita.

Un profesor necesita tiempo, paciencia, agua, una cucharada y media de sal (siempre en función de la gracia del docente), una cazuela de barro, un poco de guarnición para acompañar y un buen chorrete de vino blanco, tinto o coñac (a mayor graduación, mejor se digiere).

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La forma de cocinarlo debe adaptarse a las condiciones de cada erudito. En mi caso, si en un determinado momento algún alumno cocinillas deseara llevarme a la cazuela, le recomendaría un tiempo de cocción mínimo de treinta minutos. Con el paso de los minutos, mejoro. Aunque al vapor, tampoco pierdo sabor. En definitiva, lo más adecuado será que se guíe por sus gustos personales y me cocine como le venga en gana.

De todos modos, y antes de dar por finalizada esta primera entrada culinaria de mi blog, no puedo evitar darles a esos estudiantes interesados por la gastronomía algunos consejos prácticos sobre cómo cocinar a algunos de esos profesores exquisitos que pueden encontrarse en su camino de arduo aprendizaje.

Por ejemplo, si desearan llevar a su cazuela a Javier Villatoro, yo les recomendaría acompañarlo de Francisco Herrera. A fuego lento, en cazuela de barro, con un buen chorrete de aceite, un vino blanco dulzón y unas patatas ligeramente cocinadas al vapor, estos dos sabios profesores adquieren un gusto memorable. Un último consejo: espolvorear una pizca de pimienta molida al emplatar destaca lo mejor de cada uno.

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Otro ejemplo, si al que tienen en su nevera es a José Ramón, yo sugeriría un plato frío, con mejillones con sus patatas fritas de bolsa por encima (mezcla curiosa pero sorprendente). Este aperitivo combina a las mil maravillas con un Ricardo Torres, gran reserva del 85. Simplemente delicioso.

Otra combinación apetitosa es la que forman María Mejías y Adelaida Martín Bosque. En este caso, yo recomendaría tenerlas a remojo en agua bien frequita, trocear con un poco de escarola y añadirle aceite virgen extra y vinagre de módena al gusto. Unos dados de queso azul o lascas de frutos secos también son recomendables.

Para el postre, yo recomendaría un pastel de Estrella Redondo, Adriana Repila y Mª José Solomando. 30 minutos de horno, un sobre de levadura, 150 gramos de azúcar, unas fresas para adornar y listo. Un postre que enamorará a todos los de la casa.

fresas

Para comidas voluminosas, con el fin de aligerar el regusto salado del primer plato y llegar con la lengua en blanco al segundo, un sorbete fresquito de manzana ácida, David Vidal y Dani Varo, con un chorrito de licor de almendras, deleitará a los más finos paladares.

Y, por último, cómo no mencionar a Iñaki Murua: una salsa bizkaina con una bola de helado de bollo de mantequilla, acompañado de un txakoli bien fresquito, sería la forma perfecta de llevar a la mesa a este bilbaino de pro.

En este rápido compendio de consejos gastronómico-educativos, olvido a muchos otros profesores que en la cazuela serían imprescindibles, pero esta entrada no da para más. Disculpadme el olvido y que aproveche.

Actualización de última hora: Ninguna buena comida puede terminar sin un buen café. Para la ocasión recomendaría un Mar Galindo, con trazas de chocolate negro y  avellana, perfecta mezcla de dulce y amargo en boca y antesala de una siesta antológica y reparadora.

Fuente de las fotografías:

Cazuela

Pimienta

Fresas y chocolate

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Blog Hop Project: Así escribo mi blog

Hace una semana me escribía Ricardo Torres, uno de esos blogueros del mundo ELE imprescindibles, para hacerme una propuesta: participar en la cadena Blog Hop Project. Tal y como relata él en su blog, la iniciativa la lanza Gloria, del blog EsplinGo Coaching, y consiste en «responder a cuatro preguntas acerca de nuestra experiencia escribiendo en nuestro blog e invitar a otros tres blogueros para recoger el testigo y continuar la cadena.«


Así que aquí va mi aportación a la iniciativa:

1) ¿Sobre qué estoy escribiendo actualmente?

A decir verdad, mi blog está un poco parado últimamente. Siempre, a lo largo del curso, vive etapas de mayor y de menor productividad. Normalmente, hacia mayo y junio, el cansancio del curso se suele reflejar en la poca actividad bloguera. Este año, a esta recurrente vagancia, se le han sumado el cambio de rutinas de la recién estrenada paternidad y el hecho de que estoy centrándome en terminar una novela que tengo a medias.

Pero volviendo a la pregunta, normalmente escribo sobre experiencias de clase, reflexiones que me surgen a partir de las situaciones que se dan en el día a día. También, de vez en cuando, comparto actividades que diseño para el aula. Y por último, un poquito de creación literaria.

2) ¿En qué difiere mi escritura de la de otros que desarrollan el mismo género?

Mi blog se caracteriza por ser un totum revolutum. En ningún momento he sido capaz de ceñirlo a una temática única. Nació como una actividad para un curso de máster y, en un principio, se centró en la actividad de ese máster. Poco a poco me fui enganchando y lo redirigí hacia mi actividad en el aula con mis alumnos, pero siempre se mezclaba esta temática con reflexiones personales, citas de libros que leía o pequeñas creaciones literarias. En algún momento, pensé en crear un nuevo blog, especialmente para estas últimas (y aún lo pienso), pero nunca he dado el paso y, en cierto modo, me siento muy cómodo entre esta mezcolanza.

3) ¿Por qué escribo lo que escribo?

Siempre me ha gustado escribir. Es una necesidad. Casi diría que una obsesión. Es más, escribiendo me expreso mejor que hablando. Me ayuda a superar mi timidez y me sirve para ordenar mis ideas. Además, en el ámbito profesional, escribir en mi blog ha sido la mejor forma de entrar en contacto con otros compañeros y formar redes profesionales de las que he aprendido muchísimo.

4) ¿Cómo es mi proceso de escritura?

Cualquier cosa que escribo, nace siempre de una pequeña idea (normalmente mínima), una imagen, una frase, una situación. En muy raras ocasiones, tengo todo claro y estructurado desde el principio. A veces la idea de partida es tan pequeña que luego me cuesta un buen rato desarrollarla. Además, casi siempre empiezo sin darle más vueltas y, según escribo, la idea va creciendo. El proceso de textualización siempre me ha ayudado a poner en orden mis ideas.


Y por último, los blogueros que continuarán la cadena. En mi caso, van a ser dos en lugar de tres, pero ambos con una actividad bloguera muy notable e intensa.

imurua_1347954872_08Iñaki Murua

Bloguero de entrada casi diaria, Iñaki es un alma inquieta siempre atenta a lo que se cuece en las redes. Editor de la revista Hizpide, en su blog nos habla de educación, de redes, de música (especialmente de cantautores), de Bilbao y de su Athletic del corazón.

Santi Pérez IsasiCIMG3036

Escritor incansable y doctor en Literatura, Santi es otro bloguero que no se salta ni los domingos ni las fiestas de guardar. Su blog es un espacio dedicado, generalmente, a los microcuentos (siempre deliciosos, algunos en sentido literal), aunque también se cruza, entre tanta ficción, su vida y sus viajes.

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Escribiendo historias en la clase de ELE

Hay una actividad/juego de escritura que siempre me gusta llevar al aula. Es la típica de escribir historias sin saber qué han escrito los anteriores. Siempre surgen historias graciosas, descabelladas y, casi siempre, sin ningún sentido, pero es una buena técnica para fomentar su creatividad, sin preocuparse demasiado por el resultado, ya que es impredecible, y al mismo tiempo trabajar el contenido gramatical que corresponda en el momento.

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Durante un tiempo he realizado esta actividad echando mano de Google Drive para escribir las historias colaborativamente. Es una herramienta muy útil y tiene la ventaja de que, según termina la actividad de escritura, se pueden proyectar los textos en la pantalla para revisarlos entre todos. Sin embargo, no deja de ser un montaje jugar con varios documentos simultáneos para evitar que unos vean lo que otros han escrito.

Así que, el miércoles pasado, aprovechando que tenía a más de media clase ausente por la cercanía del puente de mayo, recurrí a bolígrafo y papel para montar la actividad y entretenernos un poco los últimos quince minutos de clase. Fácil, improvisado y divertido.

La actividad quedó inconclusa (y está sin corregir). Hoy la terminaremos. Pero las historias prometen. ¿A que sí?

Historia 1

Cuando se encendió la luz, el suelo estaba cubierto de sangre. Era un cuchillo con huella de las manos en sangre. El sangre olía carne, pero esto no era sangre regular, era sangre de Natasha. ¿Dónde estaba ella? ¿Qué le había pasado? ¿Se la habría llevado un vampiro? No, ella era envenenó con una cemica (?) que hace personas demente.

Historia 2

El estudiante miró por la ventana y salió corriendo de clase. El profesor no pudo saber quer era la problema y seguió él. Él anduviste en el bosque para cuatro horas. En el bosque hacía frío. Encontró a un hombre. Alto, gordo y feo. ¿Quién era? Era oscuro y era muy difícil que ver, pero tuvo bien ojos en el noche.

Fuente de la fotografía: Cold Chain

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