El viernes me declaré independiente

El viernes me declaré independiente. Llevaba meses madurando la idea. Lo propuse en la anterior junta de vecinos y me llamaron loco. Me hablaron de los estatutos de la comunidad y de otros documentos legales. Me amenazaron con denunciarme al ayuntamiento y a la asociación de comerciantes del barrio. Me dieron largas.

Al final, me harté y, sin esperar a nadie, lo hice.

Lucían los primeros rayos de un sol otoñal, cuando estampé el típico felpudo de Ikea delante de mi puerta: Bienvenidos a la República Independiente de mi Casa. Me nombré primer ministro, por votación popular; a mi mujer, vicepresidenta; y a mi perro, ministro de interior.

Los primeros instantes de mi recién estrenada independencia los dediqué a pintar de azul la puerta de mi casa —llevaba años proponiéndolo junta tras junta— y a instalar en el balcón ese toldo del Athletic que tanto incordiaba a mis vecinos. De paso, pinté también la barandilla de rojo, simplemente por molestar un poco más.

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«El viernes me declaré independiente. Llevaba meses madurando la idea. Lo propuse en la anterior junta de vecinos y me llamaron loco.»

Después de comer, dicté el primer bando oficial de mi apartamento, anunciando la recién ganada independencia. Lo fotocopié y lo buzoneé a todos mis queridos vecinos. Como era de esperar, esa misma noche se convocó una junta extraordinaria a la que asistí en calidad de apartamento invitado, por escuchar las lindezas que dirían de mí. No oí nada que no esperara: la comunidad no reconoció mi nuevo estatus y me declararon su abierta hostilidad.

Esa noche, cuando llegué a casa, le pedí a mi ministro del interior que permaneciera alerta por la noche. Pero debió de quedarse dormido el pobrecito: cuando salí al trabajo, faltaba mi felpudo. A todo correr, redacté una declaración de guerra —que también buzoneé— y me adueñé del rellano de la escalera de mi piso para cobrar aranceles a todo aquel que lo cruzara, ya subiera o bajara por las escaleras, ya por el ascensor. Como vivo en el primero, la medida prometía ser rentable, hasta que una nueva junta extraordinaria —a la que me negaron la entrada— decidió adueñarse del territorio internacional del portal, para cobrarme sus propios impuestos fronterizos. Como corríamos el riesgo de enquistar el conflicto y dado que estábamos en un empate técnico, decidimos de mutuo acuerdo suspender cualquier tipo de arancel. Pero las hostilidades no acabaron ahí.

Esa misma noche algún vecino mojó toda la ropa que teníamos tendida en el colgador del patio. Respondí bloqueando el ascensor. A la mañana siguiente, un cubo de lejía blanqueó toda nuestra ropa. Respondí ahumando la ropa de todo el personal con una pequeña hoguera.

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«Esa noche, cuando llegué a casa, le pedí a mi ministro del interior que permaneciera alerta por la noche.»

Para entonces, algunos vecinos, descontentos con la actual junta y solidarios con mi causa, decidieron seguir mi camino. Para apoyarnos, resolvimos federarnos y escribir unos nuevos estatutos. El asunto entrañaba ciertas dificultades de orden práctico ya que cada nueva república apartamenticia estaba en un piso diferente. Sin embargo, no nos desanimanos. Todo lo contrario. Surgieron iniciativas innovadoras y, en cierto modo, peregrinas, como la que proponía ocupar casas adyacentes para unir los nuevos territorios federados. El asunto entrañaba tales dificultades jurídico-estratégicas que la idea se desechó enseguida, lo cual no evitó una escalada verbal sin parangón en nuestra joven historia, que derivó en una guerra fría abiertamente declarada entre la nueva federación y la vieja junta.

Fue entonces cuando mi mujer, siempre más sensata que yo en estos casos, sugirió:

—No nos estaremos pasando un poco.

Yo la miré sin saber qué decir. Dirigí la mirada luego a mi perro, por recabar también su opinión. Txopo ladró, luego gruñó y, finalmente, se dirigió a proteger la puerta, donde antes estaba su querido felpudo.

—Pues está todo dicho.

Mi mujer se encogió de hombros. Yo encendí la tele. Desde que estábamos confederados teníamos acceso a la televisión por satélite del vecino del tercero. Tomé asiento en mi sillón. Desde que era primer ministro se notaba más cómodo, más mullido, más señorial. También mi mujer tenía un aire distinto, más exclusivo, más elegante. Incluso mi perro había ganado en pedigrí. Cómo dar marcha atrás ahora que todo iba sobre ruedas. Ahora  que podía ver el fútbol en directo sin pagar la cuota mensual.

—Si quieren guerra, la tendrán —sentencié.

Y me quedé dormido.

*****

Si te ha gustado, encontrarás más relatos en la sección Teatro de nimiedades.

Fuente de las fotografías:

July 30th 2008 – If It Wasn’t Attached

The Handle Comet

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Eco de otros blogs: Entrevistado en Entreescritores

Os dejo aquí el enlace a la entrevista que me hacen esta semana en la plataforma de autopublicación Entreescritores. Hablamos un poco sobre literatura de terror, autopublicación y sobre mi nueva novela de temática zombi. Espero que os guste 🙂

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Morituri te salutant (XXIII): Anónimas miradas cotidianas

Cruzamos la mirada cada día. A la misma hora. Yo subo a comer. Tú no sé adónde bajas. Son apenas dos segundos. Tú, con tu traje exquisitamente planchado; tu corbata de seda. Yo, con mi camisa arrugada, después de una mañana de trabajo; mi falda vaquera. Nos cruzamos cada día. Tú bajas. Yo subo. Apenas dos segundos. El tiempo exacto que yo tardo en levantar la mirada del suelo y cruzarme con la tuya. El tiempo exacto que tú tardas en darte cuenta de que unos ojos te buscan. Solo dos segundos. No nos saludamos. No nos conocemos. Solo nos cruzamos. Nos reconocemos. Yo no sé nada de ti. Tú no sabes nada de mí. Calculamos si vamos tarde según dónde nos encontramos. Y seguimos andando. Sin mirar atrás. Sin saludarnos.

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«Cruzamos la mirada cada día. A la misma hora. Yo subo a comer. Tú no sé adónde bajas.»

Por eso, ayer, cuando no nos cruzamos, me sentí extraña. Un poco sola. Un poco preocupada. Primero pensé que llegaba tarde a comer, pero no era cierto. Luego barajé la posibilidad de que estuvieras enfermo o hubieras salido antes de casa o tuvieras algo urgente que terminar en el trabajo. Lo pensé un segundo y no le di más vueltas. Seguí caminando.

Pero anoche, cuando encendí la tele y vi tu imagen en el informativo, me preocupé, en primer término. Efectivamente, te había pasado algo. Me escandalicé, de seguido. Habías matado a alguien. Y me horroricé, por último. La policía te había detenido como principal sospechoso de los crímenes del parque de los patos. La única superviviente te había reconocido. Una chica joven, como yo. Morena, como yo. De ojos oscuros y piel tostada, como yo.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo cuando vi tus ojos en el informativo. Me miraban. Los mismos ojos con los que me cruzaba cada mediodía. No me reconocían. Los mismos ojos que vieron las doce mujeres que aparecieron brutalmente asesinadas en el parque. No me saludaban.

Hoy, cuando volvía a cada, a mediodía, tampoco nos hemos cruzado. Yo subía la cuesta. Tú estarías en comisaría. Sin embargo, te he tenido muy presente. He visto tu traje azul marino, tu corbata de seda. Tú bajabas a no sé dónde. Yo subía a comer. Y he sentido cierta ausencia en mi camino. Vacío sin tus ojos esquivos y dominantes. Y cierta angustia. Tus pasos firmes. Tus manos grandes. Y cierta melancolía. Tu puntualidad británica.

También he sentido cierto alivio.

Fuente de la fotografía: Hair Tuareg

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Las aventuras de Chirimóllez Pérez, profesor de español: El primer día.

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«—Respondan «presente», cuando diga su nombre.»

El profesor Chirimóllez Pérez abrió la puerta del aula con solemnidad y elegancia, como debe hacerse el primer día de clase. La puerta se deslizó suave y melodiosa, como un vals, hasta que los goznes chirriaron con estruendo. Como si en medio del vals se rompiera el tacón izquierdo de la bailarina y su pareja tropezara y, seguidamente, pisara la falda de ella, dejándola en paños menores, y el director de la orquesta, deslumbrado por el cutis azuceno de la bailarina, enloqueciera marcando un ritmo frenético con su batuta, dando al traste definitivamente con el melodioso vals. Sin duda, aquella entrada gloriosa no era un buen presagio.

Alertados por semejante mi bemol, los estudiantes dirigieron la mirada hacia la puerta. De repente, el profesor Chirimóllez percibió como cuarenta y dos ojos, veintiún lentillas y dos pares de lentes lo observaban con detenimiento. Frente a él, la clase más diversa en cuanto al origen de sus alumnos que jamás hubiera tenido.

—Buenos días, señores —dijo apoyando el diccionario de la Real Academia, sobre la diminuta mesa del profesor.

Nadie contestó.

—Buenos días, señores —repitió, visiblemente molesto.

Un tímido «buenos…» —o algo parecido— fue lo único que pudo oír. Lo medio dijo una chica joven con cara de avispada y rasgos eslavos. El resto lo miraba con los ojos abiertos como platos. Estos estudiantes son un poco maleducados, pensó para sí.

—Buenos días, soy el profesor Chirimóllez Pérez y, a partir de hoy, seré su profesor de español, la excelsa a la par que magnífica lengua del manco de Lepanto.

Cogió aire. Los ojos seguían igual de abiertos. Las bocas, igual de calladas. Cogió la lista de clase.

—Respondan «presente», cuando diga su nombre.

Comenzó a leer nombres y apellidos impronunciables, los más. Nadie dijo nada. Ni presente ni ausente. O estaban todos mudos o le habían dado la lista equivocada. Daba igual. Mañana pediría otra nueva.

—Comencemos.

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«Aquello parecía la torre de Babel. No entendía nada.»

Y comenzó. Hablando sobre la importancia de la lengua, su origen, su historia. Nadie dijo nada. Nadie preguntó nada.

—Mañana aprenderemos el presente de indicativo.

Los ojos seguían igual de abiertos. Las bocas, igual de calladas.

Entonces, cerró sus apuntes, borró la pizarra, salió de clase y cerró la puerta del aula. A su espalda oyó a cuarenta y dos ojos, veintiún lentillas y dos pares de lentes alborotadas. Aquello parecía la Torre de Babel. No entendía nada. Se conoce que les ha impactado mi clase, pensó.

Y el profesor Chirimóllez Pérez se apresuró a refugiarse en su despacho, no sin antes acercarse a la secretaría para solicitar una nueva lista de clase y, de paso, brindarle algún piropo socarrón a las secretarias más jóvenes.

Mañana sería otro día. Otra clase sublime de lengua.

La próxima semana… Nuevas aventuras del profesor Chirimóllez Pérez: ¿Quién es Chirimóllez Pérez? ¿Cómo terminó dando clases de español?

Fuente de las fotografías:

All lined up

Garden Tower

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Estrategias de alumnos autónomos

Desde que empecé a trabajar como profesor de español para extranjeros, hay una pregunta recurrente que me asalta de vez en cuando: ¿qué define a un buen alumno de idiomas? Sin duda, creo que definir al buen alumno es más importante que definir al buen profesor. Al fin y al cabo, durante el proceso de aprendizaje de una lengua, un alumno pasará por muchos profesores, unos mejores y otros peores. Lo importante es que, en algún momento de ese proceso, alguno de esos docentes le ayude a convertirse en un buen alumno de idiomas, independientemente de los profesores con los que se encuentre en su camino de aprendizaje.

Tras observar a muchos estudiantes, mi conclusión es clara: el buen alumno de idiomas es aquel que tiene o desarrolla estrategias de aprendizaje autónomo. A veces no son los estudiantes con las mejores notas al final del curso, pero sin lugar a dudas son alumnos que logran progresar, cada uno a su ritmo, en el proceso de aprendizaje, con independencia del profesor. Unos, con mayor independencia (casi total) y otros, usando al profesor como guía o auxiliar.

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Deberíamos diseñar un Risk del aprendizaje de lenguas para hacer a nuestros estudiantes conscientes de la importancia de las estrategias.

¿Por qué traigo a colación esta reflexión hoy? Pues porque hoy me he cruzado con una estrategia de aprendizaje de una alumna que me ha parecido de lo más curiosa e interesante y me ha recordado a otros alumnos que dominaban otras muchas estrategias de aprendizaje. El asunto supongo que me interesa más precisamente porque yo no he sido nunca un gran alumno de idiomas. Los acababa aprendiendo después de practicarlos y estudiar mucho, pero no disfrutaba con el aprendizaje ni sentía que tenía las herramientas necesarias para aprenderlos. Hoy en día, estoy convencido de que lo que me faltaban eran esas estrategias de aprendizaje autónomo.

Algunos ejemplos de estrategias:

Una de las alumnas más autónomas que he tenido en clase ha sido una estudiante noruega, hace ya unos años. No era la mejor de la clase, por sus notas, pero desde luego era la que más estrategias de aprendizaje activaba. Se le notaba que iba a ser profesora y que había hecho cursos de didáctica en su universidad de origen. Un día la sorprendí mostrándole a otro estudiante (mucho menos autónomo) qué juego usaba ella para aprender el significado de los verbos: un memory que se había construido.

Ellen y James

Ellen y James, aprendiendo de forma autónoma.

A veces las estrategias pueden pasar más desapercibidas y no las percibes más que por comparación entre estudiantes. Eso me pasó la semana pasada cuando, después de entregarles un examen corregido, una estudiante se dedicaba a apuntar en su cuaderno los errores cometidos, mientras que otro simplemente lo ojeaba. Curiosamente (o no tanto), él tenía peor nota que ella.

Y por último, el ejemplo de hoy, que además me ha sacado una sonrisa. Mis estudiantes de nivel A1 trabajaban en pequeños grupos cuando me he fijado en que en el libro de una de ellas había un post-it pegado con celo en el que se podía leer «el libro». Me ha sorprendido y le he preguntado a ver si lo usaba para  recordar su nombre. Ella me ha contestado que por supuesto y que lo hacía con todas sus cosas, por ejemplo, su cuaderno. Y ha rematado el tema con la siguiente frase: «You should visit my apartment…» Nos hemos reído imaginando su apartamento decorado con post-its, recordándole el nombre en español de todas las cosas. Seguro que más de uno de sus compañeros ha pensado que su compañera era un personaje curioso. Yo, mientras me reía, lo único que pensaba era: ¡qué gran idea! ¡qué gran estrategia!

Fuente de las fotografías:

Partida de Risk

Foto tomada en el aula de español II

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Yo venía a hablar de mi… sidra

Ayer me compré una impresora 3D. Llevaban tiempo mis amigos diciéndome venga, anímate, cómprate una, te va a encantar. Y yo que soy bastante dúctil me dejé convencer. Suele pasarme. Me cuesta decir que no. Mi mujer todavía recuerda la vez que me vendieron tres barricas de sidra. La culpa la tuvo mi jefe. Llevaba semanas comiéndome la oreja.

—Es lo mejor. Tienes el mejor vino en casa. Fresquito y listo para beber.

Me convenció. Mi mujer se olía el desastre. Cada tarde me lo preguntaba: «¿Ha pasado algo en el trabajo?» Y yo le contestaba con una nueva pregunta: «¿Por qué lo dices?» Ella odia que le conteste preguntando.

—No te hagas el longuis. Estás muy ronco últimamente. Especialmente, por las tardes.

small__8260285243Yo no sabía cómo ocultarlo así que ensayaba la mejor de mis sonrisas, le daba un beso furtivo en la mejilla y le contestaba con un aséptico ya sabes, mucho trabajo.

Hasta que llegaron las barricas.

En cualquier caso, hoy no quería hablaros ni de mi mujer ni de mis barricas. Aunque vaya barricas… Teníais que haberlas visto. Casi no cabían en el camión. Duelas de madera sintética, pero muy lograda; flejes de un hierro roñoso y oxidado, que le daban a las barricas un exquisito aspecto antiguo; un grifo para escanciar el cáliz, con ribetes dorados y angelotes con rubíes en los ojos. Magníficas. Las barricas eran magníficas. Pero cuando las vi allí delante, frente a mí, aparcadas por el repartidor junto a mi buzón, bloqueando las escaleras, me entró la taquicardia. Qué iba a hacer yo con tres barricas de sidra de 250 litros cada una. Si a mí me gusta el txakoli. Qué complejo es no saber decir que no. ¿Y mi mujer? ¿Qué diría? Pondría el grito en el cielo. Ya te han liado otra vez. Nunca aprendes.

Lo mismo me ocurrió ayer con la impresora 3D. Porque ayer me compré una impresora 3D. Vaya trasto. Increíble. Casi tanto como las tres barricas de sidra que aquel día aparecieron junto a mi buzón, bloqueando las escaleras. Por suerte, a mi querida vecina del segundo no se le ocurrió aquel 23 de octubre salir de casa. Tampoco a mi mujer. Aunque no hizo falta. En cuanto crucé la puerta de casa:

—¿Has bebido?

Y no pude mentirle:

—Todavía no.

Y se lo conté. Todo. Con pelos y señales. Como ayer le conté la historia de la impresora. Desde el principio. Y claro, se enfadó. Normal.

—Eso no sube a casa. Además, que no tenemos sitio.

Así que decidí bajarlo al trastero. Pero solo y sin ayuda, mover aquellas moles, con 250 litros cada una, era casi imposible. Tracé un protocolo detallado, antes de caer en la temible improvisación, y decidí que lo mejor era hacerlas rodar por la cuesta del garaje, tras probar que era imposible meterlas en el ascensor. En cuanto lo intentaba, la alarma de sobrepeso se volvía loca y, por una razón que desconozco, activaba la alarma de incendios y los aspersores me duchaban. Lo que no calculé, en mi detallado protocolo, fue cómo detener las barricas cuando la inercia de la cuesta las hiciera rodar. Y así comenzó el desastre. Frenar no una sino tres barricas, repletas de sidra, desmelenadas y ebrias, a no menos de 50 kilómetros por hora y cuesta abajo, es una tarea divertida. Para el espectador, no para el improvisado piloto.

El resultado fue el obvio: la primera barrica se estampó contra el coche del presidente de la comunidad; la segunda tropezó con una columna y se detuvo en medio de la cuesta, bloqueando la entrada y la salida de vehículos; y la tercera y última chocó con una moto que salía a toda velocidad, explotó, embadurnó la motocicleta de sidra fresca y provocó unos espectaculares fuegos artificiales que hicieron las delicias de los niños del barrio.

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Desde aquel día, cada 23 de octubre se celebran las fiestas de la sidra en mi vecindario, con gran afluencia de turistas extranjeros y baserritarras locales, que tras el festival suelen emigrar a latitudes más gélidas y septentrionales embelesados y embelesadas por los encantos de los turistas suecos que nos visitan. El Gobierno Vasco se planteó, el año pasado, prohibir nuestras fiestas populares, ante el peligro de que se vaciaran los baserris y no hubiera manos suficientes para el cultivo de la tierra. Sin embargo, la providencial intervención de nuestro alcalde, firme defensor de nuestro festival dado el turismo que atrae a la villa, lo salvó, aunque el Lehendakari impuso limitaciones de edad a los baserritarras asistentes. Desde entonces, solo pueden asistir las mujeres y varones mayores de cuarenta. Para evitar la fuga de cerebros —dijo el Lehendakari desde Ajuria Enea— y no agravar el conflicto vasco de la búsqueda de pareja.

Aquel primer 23 de octubre, mi mujer se enfadó conmigo por el desaguisado del garaje. El disgusto prometía enquistarse durante meses pero, cuando vio que el vecindario no tomaba represalias contra nosotros, se fue enfriando. Al final, todos quedaron contentos: la juventud del barrio, porque la barrica que sobrevivió —la que bloqueaba el garaje— los nutrió de sidra gratuita durante varios fines de semana; el presidente de la comunidad, porque ya no había excusa posible para no cambiar de coche; el vecindario, porque con el festival de la sidra por fin estábamos en el mapa; y mi mujer, porque me había deshecho de las tres barricas que me vendió mi jefe.

Meses después, este me preguntó:

—Guillermo, ¿qué tal la sidra? ¿Buena, verdad?

Aquel día me di cuenta de que no había llegado a probarla. Así que no pude más que contestar:

—Explosiva, jefe. Explosiva.

En cualquier caso, yo os estaba contando que ayer me compré una impresora 3D. Pero esta historia ya la terminaré mañana. Se me hizo tarde.

Fuente de las fotografías:

Barricas

Fuegos artificiales

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Casi cinco años después y… 400 entradas

Pasito a pasito, con etapas de mayor y de menor actividad, pero con una cierta constancia, este blog ha alcanzado la cifra redonda de las 400 entradas, casi 5 años después de su nacimiento. Y para celebrarlo, está más vivo que nunca y (si las 24 horas del día lo permiten) esta semana se llenará de nuevas entradas, entre nuevas reflexiones sobre la experiencia en el aula y relatos de ficción (no todo iba a ser trabajo).

small__6634991435Quiero agradeceros a todos los que os pasáis cada día por este rinconcito vuestra compañía y vuestros ánimos en forma de comentario o tweet o mensaje por Facebook. Es un gustazo haber compartido estos casi cinco años y estas 400 entradas con todos vosotros.

¡Larga vida a los profesores que viven siempre en apuros!

Fuente de la fotografía: Brindis

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¿La magia del profesor?

Después de leer la más que acertada reflexión de Mar Galindo, en su blog, sobre los diez errores que un profesor debe evitar el primer día de clase, me ha sido imposible no escribir esta breve reflexión (o desvarío) sobre un fenómeno que llamaremos la magia del profesor.

small__3248483447Después de ser alumno de idiomas durante muchos años y profesor de ELE durante los últimos diez, hay una cuestión que ha aparecido y reaparecido varias veces durante todo este tiempo. La explica Mar al final de su entrada. Tras una primera clase metodológicamente terrible, diría más, afectivamente desastrosa (en lo que se refiere a crear un vínculo entre el profesor y sus estudiantes), sin embargo, los alumnos salen del aula con una única impresión: la profesora es maja. Esta experiencia la he vivido en un sinfín de ocasiones, sobre todo en encuestas de evaluación de cursos. Da igual la metodología innovadora que emplees, el tipo de actividades, el material, la programación. En general, con lo que se queda un número importante de alumnos de idiomas es con si el profesor era majo o no.

Vale, exagero. Aunque no tanto. Quién no ha salido de un curso de idiomas pensando que el profesor era un desastre, que no aprovechaba el tiempo de la clase, que no fomentaba la comunicación, que carecía de programación, en definitiva, que no había por dónde cogerlo y, sin embargo, cuando intercambiaba un par de palabras distendidas con sus compañeros de curso descubría que todos estaban encantados con él o ella por el simple argumento de que «es muy majo» y «muy enrollado» y «qué divertido es» y etcétera, etcétera, etcétera. En conclusión, la magia del profesor, una magia que, aparentemente, no se aprende y que tiene más que ver con la forma de ser que con la didáctica o la pedagogía.

¿Tenemos que dejar que todo esto dependa exclusivamente de la magia del profesor? ¿No nos estaremos olvidando de una competencia sumamente importante para el proceso de enseñanza-aprendizaje? ¿No estaremos quizás dando demasiada relevancia a la motivación del alumno y olvidando la «motivación» del profesor? En los programas de formación de profesores de ELE dedicamos mucho tiempo a la didáctica de la lengua y muy poco a los aspectos emocionales del aprendizaje y, generalmente, cuando lo hacemos, nos centramos en el alumno y en su motivación, elemento vital, sin duda, pero tan relevante como el profesor y su motivación o, mejor dicho, su competencia emocional y social. ¿Adónde quiero llegar? Quiero llegar al hecho de que, al igual que en otras muchas profesiones en las que se trabaja con personas, quizás deberíamos darle una mayor importancia a los aspectos emocionales que surgen de esa relación entre profesional y usuario.

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«Los aspectos emocionales son la fachada con la que como profesores nos mostramos a los alumnos.»

En el caso específico de la enseñanza, percibo que esa inteligencia emocional de los profesionales se trabaja bastante con los futuros maestros de primaria; algo, con los de secundaria y bachillerato; y nada o casi nada con los de alumnos adultos. ¿Por qué? ¿Es que acaso los profesionales que nos dedicamos a la enseñanza de adultos somos todos personas perfectamente competentes en las habilidades sociales o en aspectos tan importantes para cualquier proceso educativo como la empatía?

Demasiados interrogantes y pocas respuestas. La metodología, el enfoque, la programación son más bien cimientos sobre los que construir el aprendizaje, pero todos los aspectos emocionales son la fachada con la que como profesores nos mostramos a los alumnos. Por tanto, la conclusión es clara: deberíamos dedicar más tiempo del que dedicamos al trabajo con los aspectos emocionales del proceso de aprendizaje, tanto por el lado del alumno como del profesor, y no dejarlo todo a expensas de esa supuesta magia de algunos profesores.

La magia también se aprende. O eso dicen.

Fuente de las fotografías:

The Wizard

Let’s do magic

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Y la palabra se hizo carne

Hay ocasiones en que no me puedo contener y sujeto mi pluma con fuerza y escribo y escribo y escribo. A veces la aprieto con tanta intensidad que llego a romper su punta y tengo que parar para coger un bolígrafo o un lapicero y continuar escribiendo. En esas ocasiones, es tanta la concentración con la que escribo que algunas palabras toman vida, se escapan del papel y juegan ante mí en el escritorio.

La primera vez que ocurrió me asusté. Creía estar volviéndome loco. Incluso llegué a pensar que el culpable de mis alucinaciones era mi vecino de abajo y su porro preceptivo después de cada comida. Pero pronto descubrí que las historias que tomaban forma delante de mis ojos no eran simples imaginaciones de un joven escritor obsesionado con crear mundos y relatos, sino la creatividad en sí misma, en carne y hueso frente a mí, liberándose de las fronteras de la sintaxis y haciéndose fuerte en mi humilde salón victoriano de mediados del siglo XX.

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«Recuerdo cierta ocasión en que sobre decidió declararse en huelga de hambre…»

El increíble espectáculo que, a veces, se desarrolla ante mis ojos puede venir motivado por una insignificante preposición a la que le gusta dar la nota. Recuerdo cierta ocasión en que sobre decidió declararse en huelga de hambre ante mis ojos en defensa de la renovación del convenio colectivo de la preposición so, un bicho raro de aspecto caduco y desahuciado. El asunto no fue a mayores porque el resto de preposiciones se burlaron del gusto por lo añejo de sobre, a excepción de durante y mediante, siempre un poco incómodas y fuera de lugar.

Esas diminutas trifulcas son habituales en mi mesa de escritorio. No tienden a ir a mayores, al menos cuando se trata de cuestiones más de forma que de fondo. Porque, al fin y al cabo, ¿a quién le importa lo más mínimo la gramática, hoy en día?

El problema surge cuando quien se escapa de mis folios recién escritos es un concepto abstracto, como el amor o como la guerra. O peor aún: cuando henchido por la intensidad de mi pluma, quien decide encarnarse es uno de mis personajes. Entonces, el asunto tiende a írseme de las manos y suelo sudar tinta china para evitar que el personaje en cuestión no decida escapar de mi casa y causar estragos en mi comunidad de vecinos. Suficiente tuvieron recientemente con el congreso de ensaladas ecológicas. Además, siendo como soy alquilado, no me interesa armar escándalo, no vaya a ser que la agradable —al tiempo que maledicente— vecina del segundo vaya a quejarse a mi casero.

Recuerdo especialmente una ocasión, Seguir leyendo

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Nos llamarán héroes

Cuando lleguemos a casa, nos llamarán héroes.

Nos recibirán multitudes exultantes de felicidad en las calles. Vestirán las avenidas y las alamedas con guirnaldas, banderas y luces de colores. Lanzarán fuegos artificiales. Habrá orquestas.

Cuando lleguemos a casa, nos llamarán héroes.

No nos dejarán explicarnos, contar nuestra historia, elaborar nuestro relato, desahogarnos. Elaborarán el relato de los ganadores, de los victoriosos, de los que triunfaron entre la metralla y los bombardeos. Portaremos banderas, sin dudar, sin temor, en medio de la sangre y de la muerte, que siempre será de ellos, los malvados, los tiranos, los otros. El enemigo. Ese que estaba enfrente. Como nosotros. Armado hasta los dientes. Temblando, como nosotros.

medium_2897176807Cuando lleguemos a casa, nos llamarán héroes.

Nosotros callaremos. Les dejaremos hacer. Algunos incluso se creerán la historia que nos cuentan. La interiorizarán. La harán suya y olvidarán sus heridas. Sus cicatrices. Otros, simplemente, callaremos. Observaremos los elogios y la euforia con distancia. Dejaremos que se apaguen los ánimos, que se olviden de nosotros. Asistiremos de vez en cuando a algún homenaje. Inauguraremos alguna estatua. Pondremos buena cara. Les dejaremos hacer. Callaremos.

Cuando lleguemos a casa, nos llamarán héroes.

Pero un día, cuando ya solo se acuerden de nosotros los libros de historia, las bibliotecas, mi nieto, fascinado, vendrá corriendo de la escuela:

—Abuelo, ¡eres un héroe!

Y, entonces, lo sentaré en mi regazo y le contaré nuestra verdadera historia:

—No creas todo lo que te cuentan, pequeño. Nosotros no somos héroes. Solo los que sobrevivieron.

Fuente de la fotografía: The few and the proud

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