Cuando Juan Carlos Guerra me propuso escribir una entrada para el debate de Purposed, lo primero que se me ocurrió fue contestar a la pregunta del debate con un breve cuento. Así que aquí va mi aportación:
Aquel día en la facultad el profesor les planteó una actividad de debate. Era un profesor diferente. No sabía si le gustaba o no. Era diferente. Planteaba actividades que muchas veces le superaban. Eran difíciles y nunca tenían una respuesta directa, clara y definitiva. Por eso, no sabía si le gustaba aquel profe. Le hacía trabajar demasiado y pocas veces daba clases en las que pudiera tomar apuntes. Le desconcertaba, no sabía qué necesitaba estudiar para el examen. Y los exámenes de junio estaban tan cerca…
Aquel día les dijo que tenían que debatir sobre un tema: ¿cuál era el propósito de la educación? Y les planteó que leyeran los posts que circulaban por distintos blogs aquellos días sobre el tema. Les contó que diversas personas relacionadas con la educación estaban contestando a aquella pregunta en la red. Tenían que leer algunos posts, dejar sus comentarios y luego, en el aula, una semana después, plantearían el debate. Aquella semana leyó muchas entradas y, tras mucho pensarlo, se animó a participar en algunas de las cadenas de debate surgidas a partir de los comentarios a las entradas. No tenía las ideas muy claras pero la divergencia de opiniones que allí se vertían y, al mismo tiempo, la pasión con la que hablaban sobre su trabajo tantos profesores lo animaron a participar.
Una semana después, cuando su profesor planteó el debate en el aula, fue uno de los alumnos más activos. No participó pensando en la nota o para impresionar al profe, sino porque estaba realmente interesado en el tema. Una pizca de aquella pasión que había intuido en tantos profesores se le había inyectado y ahora incluso observaba de una forma distinta a su profesor. Ahora sí que lo entendía o, por lo menos, lo comprendía mejor que antes. Ahora le encontraba el sentido a las actividades diferentes que les proponía. Ahora comprendía por qué no solía dar clases magistrales para que ellos copiaran apuntes. Al finalizar el debate en la clase, cuando el profesor les planteó que escribieran en un folio cuál era el propósito de la educación para ellos y que lo guardaran como un tesoro para poder consultarlo cada cierto tiempo, no dudó. Ahora lo tenía claro.
La facultad terminó y, a trancas y barrancas, comenzó a trabajar. Primero haciendo sustituciones cortas y poco a poco cubriendo sustituciones largas hasta que un buen día consiguió una vacante de un año completo y se sintió feliz porque por fin iba a poder tener sus cursos y organizarlos a su manera, como siempre había deseado. Y los cursos fueron pasando y la ilusión fue mermándose y el cansancio apareció. Y se dejó llevar por programaciones estrictas y por libros de texto y se olvidó de disfrutar de su trabajo. Y cada día observaba la clase más como un lugar de enfrentamiento que como una clase en sí. Y se dejó llevar por la rutina. Y se le nubló la mirada.
Pero un buen día, mientras hacía limpieza en su casa y ordenaba los apuntes de la facultad y elegía qué conservaba y qué tiraba a reciclar, encontró un papel. Estaba doblado en varios pliegues y tenía un lazo azul para mantenerlo cerrado y bien cerrado. Como un tesoro. Y como un tesoro lo abrió, con cuidado, recordando las palabras de su profesor, guardadlo como un tesoro y cada cierto tiempo consultadlo, para que no olvidéis cuál es el propósito de la educación. Durante muchos años se había olvidado de aquel tesoro. Y de aquel profesor, el que le había inyectado la pasión por la docencia. Pero allí tenía su tesoro. Lo desdobló y descubrió su letra, un poco más joven, y lo leyó:
El propósito de la educación es construir personas libres, capaces de analizar, comprender, juzgar y criticar la realidad que las rodea, capaces de aprender de forma autónoma y de perseverar en su proceso de aprendizaje durante toda su vida.
Y sonrió. Y su sonrisa se dibujó en su mirada y en los alumnos que desde aquel día pasaron por sus clases. Porque guardó su tesoro en su agenda y cada día, al revisar las tareas pendientes, lo releía y lo tenía presente con cada alumno.